El mundo poseído por demonios.

 

 

Los dioses velan por nosotros y guían nuestros destinos, enseñan  muchas culturas humanas; hay otras entidades, más malévolas, responsables  de la existencia del mal. Las dos clases de seres, tanto si se consideran  naturales como sobrenaturales, reales o imaginarios, sirven a las necesidades humanas.

Aun en el caso que sean totalmente imaginarios, la gente se siente  mejor creyendo en ellos. Así, en una época en que las religiones tradicionales  se han visto sometidas al fuego abrasador de la ciencia, ¿no es natural  envolver a los antiguos dioses y demonios en un atuendo científico y  llamarlos extraterrestres?

La creencia en los demonios estaba muy extendida en el mundo antiguo. Se los consideraba seres más naturales que sobrenaturales. Hesíodo los menciona casualmente.Sócrates describía su inspiración filosófica como la obra de un demonio personal benigno. Su maestra, Diotima de Mantineia, le dice (en el Simposio de Platón) que“todo lo que es genio (demonio) está entre lo divino y lo mortal… La divinidad no se pone en contacto con el hombre –continúa- sino que es a través de este género de seres;por donde tiene lugar todo comercio y todo diálogo entre los dioses y los hombres, tanto durante la vigilia como durante el sueño”.Platón, el estudiante más célebre de Sócrates, asignaba un gran papel a los demonios:

“Ninguna naturaleza humana investida con el poder supremo es capaz de ordenar los asuntos humanos –dijo- y no rebosar de insolencia y error…”

No nombramos a los bueyes señores de los bueyes, ni a las cabras de las cabras,sino que nosotros mismos somos una raza superior y gobernamos sobre ellos.Del mismo modo Dios, en su amor por la humanidad, puso encima de nosotros a los demonios, que son una raza superior, y ellos, con gran facilidad y placer para ellos, y no menos para nosotros, dándonos paz y reverencia y orden y justicia que nunca flaquea, hicieron felices y unieron a las tribus de los hombres.

Platón negaba decididamente que los demonios fueran un fuente de mal, y representaba a Eros, el guardián de las pasiones sexuales, como un genio o demonio, no un dios “ni mortal ni inmortal”, “ni bueno ni malo”. Pero todos los platonistas posteriores, incluyendo los neoplatonistas que influyeron poderosamente en la filosofía cristiana, sostenían que había algunos demonios buenos y malos. El péndulo iba de un lado a otro. Aristóteles, el famoso discípulo de Platón, consideró seriamente la idea deque los sueños estuvieran escritos por demonios. Plutarco y Porfirio proponían que los demonios, que llenaban el aire superior, venían de la Luna.

Los primeros Padres de la Iglesia, a pesar de haberse empapado del neoplatonismo de la cultura en la que nadaban, deseaban separarse de los sistemas de creencia “pagana”. Enseñaban que toda la religión pagana consistía en la adoración de demonios y hombres, ambos mal interpretados como dioses. Cuando san Pablo se quejaba (Efesios 6, 14) de la maldad en las alturas, no se refería a la corrupción del gobierno sino a los demonios que vivían allí.

Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados,contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.

Desde el principio se pretendió que los demonios eran mucho más que una mera metáfora poética del mal en el corazón de los hombres.A san Agustín le afligían los demonios. Cita el pensamiento pagano prevaleciente en su época: “Los dioses ocupan las regiones más altas, los hombres las más bajas, los demonios la del medio… Ellos poseen la inmortalidad del cuerpo, pero tienen pasiones de la mente en común con los hombres”. En el libro VIII de La ciudad de Dios (empezado en 413), Agustín asimila esta antigua tradición, sustituye a los dioses por Dios y demoniza a los demonios, arguyendo que son malignos sin excepción. No tienen virtudes que los rediman. Son el manantial de todo el mal espiritual y material. Los llama “animales etéreos… ansiosos de infligir males, completamente ajenos a la rectitud,henchidos de orgullo, pálidos de envidia, sutiles en el engaño”. Pueden afirmar que llevan mensajes entre Dios y el hombre disfrazándose como ángeles del Señor, pero su actitud es una trampa para llevarnos a nuestra destrucción. Pueden asumir cosas y saben muchas cosas –“demonio” quiere decir “conocimiento” en griego-,especialmente sobre el mundo materia [ “Ciencia” significa “conocimiento” en latín. Aun sin profundizar, se nos revela aquí una disputa jurisdiccional ]. Por inteligentes que sean, su caridad es deficiente. Atacan “las mentes cautivas y burladas de los hombres”, escribió Tertuliano.“Moran en el aire, tienen a las estrellas por vecinas y comercian con las nubes”.En el siglo XI, el influyente teólogo bizantino, filósofo y turbio político Miguel Psellus,describía a los demonios con estas palabras:

Esos animales existen en nuestra propia vida, que está llena de pasiones, porque están presentes de manera abundante en ellas y su lugar de residencia es la materia, como lo es su rango y grado. Por esta razón están también sujetos a pasiones y encadenados a ellas. 

Un tal Richalmus, abad de Schönthal, alrededor de 1270 acuñó un tratado entero sobre demonios, lleno de experiencias de primera mano: ve (aunque sólo cuando cierra los ojos) incontables demonios malevolentes, como motas de polvo, que revolotean alrededor de su cabeza… y la de los demás.

A pesar de las olas sucesivas de puntos de vista racionalista, persa, judío, cristiano y musulmán a pesar del fermento revolucionario social, político y filosófico,la existencia, gran parte del carácter e incluso el nombre de los demonios se mantuvo inalterable desde Hesíodo hasta las cruzadas.

Los demonios, los “poderes del aire”, bajan de los cielos y mantienen ayuntamiento sexual ilícito con las mujeres. Agustín creía que las brujas eran fruto de esas uniones prohibidas. En la Edad Media, como en la antigüedad clásica, casi todo el mundo creía esas historias. Se llamaba también a los demonios diablos o ángeles caídos.

Los demoníacos seductores de las mujeres recibían el nombre de íncubos; los de los hombres, súcubos. Hay algunos casos en que las monjas, con cierta perplejidad,declaraban un parecido asombroso entre el íncubo y el cura confesor, o el obispo, y al despertar a la mañana siguiente, según contaba un cronista del siglo XV, “se encontraban contaminadas como si hubieran yacido con varón”. Hay relatos similares, pero no en conventos, sino en los harenes de la antigua China. Eran tantas las mujeres que denunciaban íncubos, según argumentaba el religioso presbítero Richard Baxter (en su Certidumbre del mundo de los espíritus, 1691), “que es impudicia negarlo”.

Igualmente, en la misma obra: “Son tantos los que atestiguan que las brujas provocan tormentas que creo innecesario nombrarlos”. El teólogo Meric Casaubon –en su libro de 1668, De la credulidad y la incredulidad argüía que las brujas debían existir porque, al fin y al cabo, todo el mundo cree en ellas.Cualquier cosa en la que cree un gran número de personas tiene que ser cierta.

Cuando los íncubos y súcubos seducían, se percibían como un peso sobre el pecho del soñador.

Mare,a pesar de su significado en latín, es la antigua palabra inglesa para designar al íncubo, y nightmare (pesadilla) significaba originalmente el demonio que se sienta sobre el pecho de los que duermen y los atormenta con sueños.

En la Vida de san Antonio de Atanasio (escrita alrededor del 360) se describía que los demonios entraban y salían a voluntad de habitaciones cerradas; mil cuatrocientos años después, en su obra De Daemonialitae , el erudito franciscano Ludovico Sinistrari nos asegura que los demonios atraviesan las paredes.Prácticamente no se cuestionó la realidad externa de los demonios desde la antigüedad hasta finales de la época medieval. Maimónides negaba su existencia, pero una mayoría aplastante de los rabinos creían en dybbuks.

Uno de los pocos casos que he podido encontrar en que incluso se llega a insinuar que los demonios podrían ser internos ,generados en nuestras mentes, es cuando se le preguntó a Abba Poemen, uno de los Padres del Desierto de la primera Iglesia:

-¿Cómo luchan contra mí los demonios?

-¿Los demonios luchan contra ti?–preguntó a su vez el padre Poemen-.

Son nuestras propias voluntades las que se convierten en demonios y nos atacan.Las actitudes medievales sobre íncubos y súcubos estaban influenciadas por el Comentario sobre el sueño de Escipión de Macrobio, escrito en el siglo XIV, del que se hicieron docenas de ediciones antes de la Ilustración europea: Macrobio describió los fantasmas que se veían “en el momento entre la vigilia y el sopor”. El soñador “imagina” a los fantasmas como depredadores. Macrobio tenía un sesgo escéptico que los lectores medievales tendían a ignorar.La obsesión con los demonios empezó a alcanzar un crescendo cuando, en su famosa Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:

Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos,íncubos y súcubos,y que,mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres, además de generar otras muchas calamidades.

Con esta bula, Inocencio inició la acusación, tortura y ejecución sistemática de incontables “brujas” de toda Europa. Eran culpables de lo que Agustín había descrito como “una asociación criminal del mundo oculto”. A pesar del imparcial “miembros de ambos sexos” del lenguaje de la bula, las perseguidas eran principalmente mujeres jóvenes y adultas.Muchos protestantes importantes de los siglos siguientes, a pesar de sus diferencias con la Iglesia católica, adoptaron puntos de vista casi idénticos. Incluso humanistas como Desiderio Erasmo y Tomás Moro creían en brujas. “Abandonar la brujería –decía John Wesley, el fundador del metodismo- es como abandonar la Biblia.” William Blackstone,el célebre jurista, en sus

Comentarios sobre las Leyes de Inglaterra (1765), afirmó:

Negar la posibilidad, es más, la existencia real de la brujería y la hechicería equivale a contradecir llanamente el mundo revelado por Dios en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Inocencio ensalzaba a “nuestros queridos hijos Henry Kramer y James Sprenger” que,“mediante Cartas Apostólicas han sido delegados como inquisidores de esas depravaciones heréticas”: Si las “abominaciones y atrocidades en cuestión se mantienen sin castigo”, las almas de las multitudes se enfrentan a la condena eterna.El Papa nombró a Kramer y Sprenger para que escribieran un estudio completo utilizando toda la artillería académica de finales del siglo XV. Con citas exhaustivas delas Escrituras y de eruditos antiguos y modernos, produjeron el Malleus Maleficarum ,“martillo de brujas”, descrito con razón como uno de los documentos más aterradores de la historia humana. Thomas Ady, en Una vela en la oscuridad , lo calificó de“doctrinas e invenciones infames”, “horribles mentiras e imposibilidades” que servían para ocultar “su crueldad sin parangón a los oídos del mundo”. Lo que el Malleus veníaa decir, prácticamente, era que, si a una mujer la acusaban de brujería, es que es bruja.

La tortura es un medio infalible para demostrar la validez de la acusación. El acusado notiene derechos. No tiene oportunidad de enfrentarse a los acusadores. Se presta poca atención a la posibilidad de que las acusaciones puedan hacerse con propósitos impíos:celos, por ejemplo, o venganza, o la avaricia de los inquisidores que rutinariamente confiscaban las propiedades de los acusados para su propio uso y disfrute. Su manual técnico para torturadores también incluye métodos de castigo diseñados para liberar los demonios del cuerpo de la víctima antes de que el proceso la mate. Con el Malleus en mano, con la garantía del aliento del Papa, empezaron a surgir inquisidores por toda Europa.Rápidamente se convirtió en un provechoso fraude. Todos los costes de la investigación, juicio y ejecución recaían sobre los acusados o sus familias; hasta las dietas de los detectives privados contratados para espiar a la bruja potencial, el vino para los centinelas, los banquetes para los jueces, los gastos de viaje de un mensajero enviado a buscar a un torturador más experimentado a otra ciudad, y los haces de leña,el alquitrán y la cuerda del verdugo. Además, cada miembro del tribunal tenía una gratificación por bruja quemada. El resto de las propiedades de la bruja condenada, si las había, se dividían entre la Iglesia y el Estado. A medida que se institucionalizaban estos asesinatos y robos masivos y se sancionaban legal y moralmente, iba surgiendo una inmensa burocracia para servirla y la atención fue ampliando desde las brujas viejas pobres hasta la clase media y acaudalada de ambos sexos.Cuantas más confesiones de brujería se conseguían bajo tortura, más difícil era sostener que todo el asunto era pura fantasía. Como a cada “bruja” se la obligaba a implicar aalgunas más, los números crecían exponencialmente. Constituían “pruebas temibles deque el diablo sigue vivo”, como se dijo más tarde en América en los juicios de brujas de Salem. En una era de credulidad, se aceptaba tranquilamente el testimonio más fantástico: que decenas de miles de brujas se habían reunido para celebrar un aquelarre en las plazas públicas de Francia, y que el cielo se había oscurecido cuando doce mil de ellas se echaron a volar hacia Terranova. En la Biblia se aconsejaba: “No dejarás queviva una bruja”. Se quemaron legiones de mujeres en la hoguera [ por lo visto, la Santa Inquisición adoptó este tipo de ejecución para acatar literalmente una frase bien intencionada de la ley canónica (Concilio de Tours, 1163): “ La Iglesia abomina del derramamiento de sangre”.

Y se aplicaban las torturas más horrendas a toda acusada, joven o vieja, una vez los curas habían bendecido los instrumentos de tortura. Inocencio murió en 1492, tras varios intentos fallidos de mantenerlo con vida mediante transfusiones (que provocaron la muerte de tres jóvenes) y amamantándose del pecho de una madre lactante. Le lloraron sus amantes y sus hijos.En Gran Bretaña se contrató a buscadores de brujas, también llamados “punzadores”,que recibían una buena gratificación por cada chica o mujer que entregaban para su ejecución. No tenían ningún aliciente para ser cautos en sus acusaciones. Solían buscar “marcas del diablo” –cicatrices, manchas de nacimiento o nevi – que, al pincharlas con una aguja, no producían dolor ni sangraban. Una simple inclinación de la mano solía producir la impresión de que la aguja penetraba profundamente en la carne de la bruja.Cuando no había marcas visibles, bastaba con las “marcas invisibles”. En las galeras, un punzador de mediados del siglo XVII “confesó que había causado la muerte de más de doscientas veinte mujeres en Inglaterra y Escocia por el beneficio de veinte chelines la pieza” [ En el tenebroso terreno de los cazadores de recompensas e informadores a sueldo, la corrupción vil suele ser la norma, en todo el mundo y a lo largo de toda la historia humana. Para tomar un ejemplo casi al azar, en 1994, a cambio de una cantidad, un grupo de inspectores de correos de Cleveland decidió actuar en secreto para descubrir a delincuentes; a continuación inventaron casos penales contra treinta y dos trabajadores de correos inocentes].

En los juicios de brujas no se admitían pruebas atenuantes o testigos de la defensa. En todo caso, era casi imposible para las brujas acusadas presentar buenas coartadas: las normas de las pruebas tenían un carácter especial. Por ejemplo, en más de un caso el marido atestiguó que su esposa estaba durmiendo en sus brazos en el preciso instante en que la acusaban de estar retozando con el diablo en un aquelarre de brujas; pero el arzobispo, pacientemente, explicó que un demonio había ocupado el lugar de la esposa.Los maridos no debían pensar que sus poderes de percepción podían exceder los poderes de engaño de Satanás.

Las mujeres jóvenes y bellas eran enviadas forzosamente a la hoguera.Los elementos eróticos y misóginos eran fuertes… como puede esperarse de una sociedad reprimida sexualmente, dominada por varones, con inquisidores procedentes de la clase de los curas, nominalmente célibes. En los juicios se prestaba atención minuciosa a la calidad y cantidad de los orgasmos en las supuestas copulaciones de las acusadas con demonios o el diablo (aunque Agustín estaba seguro de que “no podemos llamar fornicador al diablo”) y a la naturaleza del “miembro” del diablo (frío, según todos los informes). Las “marcas del diablo” se encontraban “generalmente en los pechos o partes íntimas”, según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrari. Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas y les inspeccionaban cuidadosamente los genitales. En la inmolación de la joven Juana de Arco a los veinte años, tras habérsele incendiado el vestido, el verdugo de Ruán apagó las llamas para que los espectadores pudieran ver “todos los secretos que puede o debe haber en una mujer”.La crónica de los que fueron consumidos por el fuego sólo en la ciudad alemana de Wurzburgo en el año 1598 revela la estadística y nos da una pequeña muestra de la realidad humana:

El administrador del senado, llamado Gering; la anciana señora Kanzler; la rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor Mengerdorf; una extranjera; una mujer extraña; Baunach,un senador, el ciudadano más gordo de Wurtzburgo; el antiguo herrero de la corte; una vieja; una niña pequeña, de nueve o diez años; su hermana pequeña; la madre de las dos niñas pequeñas antes mencionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la chica más guapa de Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; dos niños de la iglesia, de doce años de edad cada uno; la hija pequeña de Stepper; la mujer que vigilaba la puerta del puente; una anciana; el hijo pequeño del alguacil del ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la hija pequeña del doctor Schultz; una chica ciega; Schwartz,canónigo de Hach…

Y así sigue. Algunos recibieron una atención humana especial:

“la hija pequeña de Valkenberger fue ejecutada y quemada en la intimidad”.

En un solo año hubo veintiocho inmolaciones públicas, con cuatro a seis víctimas de promedio en cada una de ellas, en esta pequeña ciudad. Era un microcosmos de lo que ocurría en toda Europa. Nadie sabe cuántos fueron ejecutados en total: quizá cientos de miles, quizá millones.Los responsables de la persecución, tortura, juicio, quema y justificación actuaban desinteresadamente. Sólo había que preguntárselo. No se podían equivocar. Las confesiones de brujería no podían basarse en alucinaciones, por ejemplo, o en intentos desesperados de satisfacer a los inquisidores y detener la tortura.

En este caso, explicaba el juez de brujas Pierre de Lancre (en su libro de 1612,Descripción de la inconstancia de los ángeles malos ), la Iglesia católica estaría cometiendo un gran crimen por quemar brujas. En consecuencia, los que plantean estas posibilidades atacan a la Iglesia y cometen ipso facto un pecado mortal. Se castigaba a los críticos de las quemas de brujas y, en algunos casos, también ellos morían en la hoguera. Los inquisidores y torturadores realizaban el trabajo de Dios. Estaban salvando almas, aniquilando a los demonios.Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaban sin piedad.

En el siglo XVI, el erudito William Tyndale cometió la temeridad de pensar en traducir el Nuevo Testamento al inglés. Pero, si la gente podía leer la Biblia en su propio idioma en lugar de hacerlo en latín, se podría formar sus propios puntos de vista religiosos independientes. Podrían pensar en establecer una línea privada con Dios sin intermediarios. Era un desafío para la seguridad del trabajo de los curas católicos romanos. Cuando Tyndale intentó publicar su traducción, le acusaron y persiguieron por toda Europa. Finalmente le detuvieron, le pasaron a garrote y después, por añadidura, le quemaron en la hoguera. A continuación, un grupo de pelotones armados fue casa por casa en busca de ejemplares de su Nuevo Testamento(que un siglo después sirvió de base de la exquisita traducción inglesa del rey Jacobo).

Eran cristianos que defendían piadosamente el cristianismo impidiendo que otros cristianos conocieran las palabras de Cristo. Con esta disposición mental, este clima de convencimiento absoluto de que la recompensa del conocimiento era la tortura y la muerte, era difícil ayudar a los acusados de brujería.La quema de brujas es una característica de la civilización occidental que, con alguna excepción política ocasional, declinó a partir del siglo XVI. En la última ejecución judicial de brujas en Inglaterra se colgó a una mujer y a su hija de nueve años. Sucrimen fue provocar una tormenta por haberse quitado las medias. En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando exorcismos de demonios y los defensores de algún culto todavía denuncian como brujería las prácticas rituales de otro. Todavía usamos la palabra “pandemónium” (literalmente, todos los demonios).

Todavía se califica de demoníaca a una persona enloquecida o violenta. (Hasta el siglo XVIII no dejó de considerarse la enfermedad mental en general como adscrita a causas sobrenaturales;incluso el insomnio era considerado un castigo infligido por demonios.) Más de la mitad de los norteamericanos declaran en las encuestas que “creen” en la existencia del diablo,y el diez por ciento dicen haberse comunicado con él, como Martín Lutero afirmaba que hacía con regularidad.En un “manual de guerra espiritual”, titulado Prepárate para la guerra , Rebecca Brown nos informa de que el aborto y el sexo fuera del matrimonio,“casi siempre resultarán en infestación demoníaca”; que el carácter de la meditación, el yoga y las artes marciales pretenden seducir a cristianos confiados para que adoren a los demonios y que la “música rock no surgió porque sí, sino que era un plan cuidadosamente preparado por el propio Satanás”.

A veces, “tus seres queridos están cegados y dominados por tendencias diabólicas”.

La demonología todavía sigue formando parte de muchas creencias serias.

¿Y qué hacen los demonios?

En el Malleus , Kramer y Sprenger revelan que los“diablos… se dedican a interferir en el proceso de copulación y concepción normal, a obtener semen humano y transferirlo ellos mismos”.

La inseminación artificial demoníaca en la Edad Media se encuentra ya en santo Tomás de Aquino, que nos dice en De la Trinidad que “los demonios pueden transferir el semen que han recogido para inyectarlo en los cuerpos de otros”. Su contemporáneo san Buenaventura lo expresa con mayor detalle: los súcubos “se someten a los machos y reciben su semen; con el permiso de Dios, se convierten en íncubos y lo vierten en los depositarios femeninos”.Los productos de esas uniones con mediación del demonio también reciben la visita de los demonios. Se forja un vínculo sexual multigeneracional entre especies. Y recordemos que se sabe perfectamente que esas criaturas vuelan; ciertamente viven en las alturas.En esas historias no hay nave espacial. Pero se hallan presentes la mayoría de elementos centrales de los relatos de abducción por extraterrestres, incluyendo la existencia de seres no humanos con una obsesión sexual que viven en el cielo,atraviesan las paredes, se comunican telepáticamente y practican experimentos de cría en la especie humana. A no ser que creamos que los demonios existen de verdad, ¿cómo podemos entender que todo el mundo occidental (incluyendo a los que se consideran más sabios entre ellos) abrace un sistema de creencias tan extraño, que cada generación lo vea reforzado por su experiencia personal y sea enseñado por la Iglesia y el Estado?¿Hay alguna alternativa real aparte de una ilusión compartida basada en las conexiones del cerebro y la química comunes?

En el Génesis leemos acerca de ángeles que se emparejan con “las hijas de los hombres”. Los mitos culturales de la antigua Grecia y Roma hablan de dioses que se aparecen a las mujeres en forma de toros, cisnes o lluvias de oro y las fecundan. En una antigua tradición cristiana, la filosofía no derivaba del ingenio humano sino de la conversación íntima de los demonios: los ángeles caídos revelaban los secretos del cielo a sus consortes humanos. Aparecen relatos con elementos similares en culturas de todoel mundo. En correspondencia con los íncubos están los djinn árabes, los sátiro sgriegos, los bhuts hindúes, los hotia poro de Samoa, los dusii célticos y muchos otros.En una época de histeria demoníaca era bastante fácil demonizar a aquellos a quienes se temía u odiaba. Así, se dijo que Merlín había sido engendrado por un íncubo. Como Platón, Alejandro Magno, Augusto y Martín Lutero. En ocasiones se acusó a un pueblo entero –por ejemplo, los hunos o los habitantes de Chipre- de haber sido engendrado por demonios.

En la tradición talmúdica, el súcubo arquetípico era Lilit, a quien creó Dios del polvo junto con Adán. Fue expulsada del Edén por insubordinación… no a Dios, sino a Adán.Desde entonces pasa las noches seduciendo a los descendientes de Adán. En la cultura del antiguo Irán y muchas otras se consideraba que las poluciones nocturnas eran provocadas por súcubos. Santa Teresa de Ávila relató un vívido encuentro sexual con un ángel –un ángel de luz, no de oscuridad, aseguraba ella-, como hicieron también otras mujeres posteriormente santificadas por la Iglesia católica. Cagliostro, el mago y estafador del siglo XVIII, dio a entender que él, como Jesús de Nazaret, era producto dela unión “entre los hijos del cielo y de la tierra”.

En 1645 se encontró en Cornualles a una adolescente, Anne Jefferies, tendida en el suelo, inconsciente. Mucho más tarde, la chica recordó que había sufrido un ataque demedia docena de hombres pequeños, que la habían paralizado y llevado a un castillo en el aire y, después de seducirla, la habían enviado de vuelta a casa. Definió a los hombrecitos como hadas. (Para muchos cristianos piadosos, como para los inquisidores de Juana de Arco, esta distinción era indiferente. Las hadas eran demonios, pura y simplemente.) Volvieron a aterrorizarla y atormentarla. Al año siguiente fue arrestada por brujería. Tradicionalmente, las hadas tienen poderes mágicos y pueden parálisis con un simple toque. En la tierra de las hadas, el tiempo transcurre más despacio. Como las hadas tienen un deterioro reproductor, mantienen relaciones sexuales con humanos y se llevan a los bebés de las cunas (a veces dejando un sustituto, un “niño cambiado”).

Ahora la cuestión parece clara: si Anne Jefferies hubiera vivido en una cultura obsesionada con los extraterrestres en lugar de las hadas, y con ovnis en lugar de castillos en el aire, ¿algún aspecto de su historia tendría un significado distinto con respecto a las que cuentan los“abducidos”?.En su libro de 1982,El terror que se presenta por la noche: Un estudio centrado de la experiencia de tradiciones de amenazas sobrenaturales , David Hufford describe el caso de un ejecutivo con educación universitaria de poco más de treinta años que recordaba haber pasado un verano en casa de su tía cuando era adolescente. Una noche vio que se movían unas luces misteriosas en el puerto. A continuación se durmió. Desde la cama vio una figura blanca y resplandeciente que subía la escalera. Entró en su habitación, se detuvo, y luego dijo –con muy poca inspiración, me parece-: “Eso es linóleo”. Algunas noches, la figura era una vieja; otras, un elefante. A veces el hombre estaba convencido de que todo era un sueño; otras veces estaba seguro de que estaba despierto. Se quedaba hundido en la cama, paralizado, incapaz de moverse o de gritar.

Le palpitaba el corazón.Le costaba respirar. Le ocurrieron acontecimientos similares en muchas noches consecutivas. ¿Qué ocurre aquí? Esos ocurrieron antes de que se describieran ampliamente las abducciones por extraterrestres. De haber sabido algo de ellas, ¿le habría puesto una cabeza más larga y unos ojos más grandes a la vieja?.En varios pasajes famosos de Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano ,Edward Gibbon describía el equilibrio entre credulidad y escepticismo a finales de la antigüedad clásica:

La credulidad ocupaba el lugar de la fe; se permitía que el fanatismo asumiera el lenguaje de la inspiración y se atribuían los efectos de accidente o ingenio a causas sobrenaturales..En tiempos modernos [Gibbon escribe a mediados del siglo XVIII], hasta las disposiciones más piadosas destilan un escepticismo latente o incluso involuntario. Su admisión de verdades sobrenaturales es mucho menos un consentimiento activo que una aquiescencia fría y pasiva. Acostumbrada desde tiempo atrás a observar y respetar el orden invariable de la naturaleza, nuestra razón, o al menos nuestra imaginación, no está suficientemente preparada para sostener la acción visible de la Deidad. Pero en las primeras eras del cristianismo, la situación de la humanidad era absolutamente diferente.Los más curiosos, o los más crédulos entre los paganos, se veían convencidos a menudo de entrar en una sociedad que hacía una afirmación real de los poderes milagrosos.

Los cristianos primitivos pisaban perpetuamente un terreno místico y ejercitaban la mente con el hábito de creer los acontecimientos más extraordinarios. Sentían, o así les parecía, que los atacaban demonios incesantemente por todas partes, que las visiones los reconfortaban y las profecías los instruían, y se veían sorprendentemente liberados de peligro,enfermedad y de la propia muerte a través de las súplicas de la Iglesia…

Tenían el firme convencimiento de que el aire que respiraban esta poblado de enemigos invisibles; de innumerables demonios que aprovechaban toda ocasión, y asumían todas las formas, para aterrorizar y, por encima de todo, tentar su virtud desprotegida. Engañaban ala imaginación, e incluso a los sentidos, con las ilusiones del fanatismo desordenado; y el ermitaño, cuya oración de medianoche se veía apagada por el sueño involuntario, podía confundir fácilmente los fantasmas de terror o maravilla que habían ocupado sus sueños de noche y despierto…La práctica de la superstición es tan apropiada para la multitud que, si se los despierta por la fuerza, aún lamentan la pérdida de su agradable visión. Su amor por lo maravilloso y sobrenatural, su curiosidad con miras a acontecimientos futuros y su fuerte propensión a ampliar sus esperanzas y temores más allá de los límites de mundo visible, fueron las principales causas que favorecieron el establecimiento del politeísmo. Tan apremiante es la necesidad del vulgo de creer, que la caída de cualquier sistema de mitología será sucedida probablemente por la introducción de algún otro modo de superstición…

Dejemos de lado el esnobismo social de Gibbon: el diablo también atormentaba a las clases altas, e incluso un rey de Inglaterra–Jacobo I, el primer monarca Estuardo-escribió un libro crédulo y supersticioso sobre demonios ( Daemonologie , 1597).También fue el mecenas de la gran traducción al inglés de la Biblia que todavía lleva su nombre. El rey Jacobo opinaba que el tabaco era la “semilla del diablo”, y una serie de brujas se pusieron al descubierto por adicción a esta droga. Pero en 1628, Jacobo se había convertido en un perfecto escéptico, principalmente porque se había descubierto que algunos adolescentes simulaban estar poseídos por el demonio y de este modo habían acusado de brujería a personas inocentes. Si pensamos que el escepticismo que según Gibbon caracterizaba a su época ha declinado en la nuestra, y aunque quede un poco de la gran credulidad que atribuye al final de la época clásica, ¿no es normal que algo parecido a los demonios encuentre un destacado lugar en la cultura popular de presente?

Desde luego, como se apresuran a recordarme los entusiastas de las visitas extraterrestres, hay otra interpretación de esos paralelos históricos: los extraterrestres,dicen, siempre nos han visitado para fisgonear, robarnos esperma ;óvulos y fecundarnos. En tiempos antiguos los reconocíamos como dioses, demonios, hadas o espíritus; sólo ahora hemos llegado a entender que lo que nos acechaba durante tantos siglos eran extraterrestres. Jacques Vallee ha planteado estos argumentos. Pero entonces¿por qué prácticamente no hay informes de platillos volantes antes de 1947? ¿Por qué este experimento genético, cualquiera que sea su objetivo, no se ha completado hasta ahora, miles de años o más después de haber sido iniciado por criaturas con un nivel tecnológico supuestamente superior? ¿Por qué nos preocupa tanto si el fin de su programa de reproducción es mejorar nuestras capacidades?

Siguiendo esta línea argumental, podríamos esperar que los adeptos actuales de las viejas creencias entendieran que los“extraterrestres” son como las hadas, dioses o demonios. En realidad hay varias sectas contemporáneas –los “raelianos”, por ejemplo-que mantienen que los dioses, o Dios, vendrán a la Tierra en un ovni. Algunos abducidos describen a los extraterrestres, por repulsivos que sean, como “ángeles” o“emisarios de Dios”. Y los hay que todavía creen que son demonios.

Carl  Sagan

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