El yo que es Dios.

  Por Erwin Schrödinger

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Como recompensa por el indudable esfuerzo que me ha supuesto exponer el aspecto puramente científico del problema “sine ira et studio”, me tomo la libertad de añadir mi propia visión, necesariamente subjetiva, acerca de sus implicaciones filosóficas.

Como se ha puesto de relieve de forma evidente , los fenómenos espacio-temporales que tienen lugar en el cuerpo de un ser viviente en correspondencia con la actividad de su mente, con su autoconciencia o con otras acciones, están (considerando también la complejidad de su estructura y la explicación estadística de la físicoquímica comúnmente aceptada) si no estrictamente, sí en todo caso estadísticamente determinados. Deseo subrayar que, en mi opinión y contrariamente a lo que se piensa en algunos sectores, la indeterminación cuántica no juega en ellos un papel biológico relevante, excepto tal vez para resaltar su carácter puramente accidental en fenómenos tales como la meiosis, la mutación natural o inducida mediante rayos X, etc. Pero esto es, en todo caso, algo evidente y bien reconocido.

Con vistas a la presente argumentación, voy a permitirme considerar lo dicho como un hecho, tal como creo haría cualquier biólogo exento de prejuicios de no ser por esa bien conocida y desagradable sensación que produce el «reconocerse a SÍ mismo como un puro mecanismo», ya que ello contradice la  sensación de libre albedrío que nos proporciona la introspección directa.

Pero las experiencias inmediatas, por sí mismas, y a pesar de lo variadas y dispares que puedan ser, no pueden lógicamente estar en contradicción las unas con las otras. Tratemos, pues, de extraer la conclusión correcta, no contradictoria, que deriva de las dos premisas siguientes:

1. El propio cuerpo funciona como un mero mecanismo de acuerdo con las leyes naturales.

2. Me consta, sin embargo, por mi propia e incontrovertible experiencia, que soy yo quien dirige sus movimientos, cuyos efectos —tal vez preñados de consecuencias de suma importancia— puedo prever, por lo que siento y puedo aceptar una plena responsabilidad sobre los mismos.

Lo único que cabe inferir de estos dos hechos es, creo yo, que soy yo —yo en el más amplio sentido de la palabra, esto es, toda mente consciente que pueda alguna vez haber dicho o haberse sentido «yo»— quien controla, de hacerlo alguien, el «movimiento de los átomos» de acuerdo con las leyes naturales.

En determinados medios culturales (Kulturkreis), que no admiten sino limitadamente ciertas ideas (de gran significación actualmente o en el pasado para otros pueblos) puede resultar atrevido formular tal conclusión con toda la simplicidad adecuada. Decir, en términos cristianos: «Por lo tanto, yo soy Dios Todopoderoso», suena a loco y blasfemo, a un tiempo. Pero olvidemos por el momento tales connotaciones, y parémonos a considerar si semejante conclusión no es una muestra de hasta qué punto puede acercarse un biólogo a demostrar a la vez la existencia de Dios y la inmortalidad.

La intuición en sí no es nueva. Sus primeras huellas se remontan, por lo que yo sé, a unos 2500 años o más. Desde las primeras grandes Upanishads, se consideraba en el pensamiento indio que el reconocimiento del Atman como idéntico al Brahmán (el yo personal igual al yo eterno omnipresente y omniabarcativo), lejos de ser una blasfemia, representaba  la quintaesencia de la más profunda intuición acerca del mundo. El anhelo de todos los discípulos del Vedanta consistía, después de haber aprendido a pronunciarlo con sus labios, en llegar a asimilar realmente en sus mentes este pensamiento, el más grandioso que cabe concebir.

Posteriormente, de modo independiente, pero en perfecta armonía los unos con los otros (algo así como las partículas de un gas ideal), los diversos místicos a través de los siglos han descrito cada uno la experiencia única de su vida en términos que pueden condensarse en esta frase: deus factus sum (me he convertido en Dios).

En la idelología occidental, este pensamiento ha seguido resultando extraño a pesar de haberlo defendido Schopenhauer y algunos otros, y a pesar de esos verdaderos amantes que al mirarse a los ojos caen en la cuenta de que su pensamiento y su gozo no son meramente semejantes o idénticos, sino numéricamente uno y el mismo —aunque por lo general están demasiado embebidos emocionalmente como para reparar en claridades intelectuales, aspecto en el que se parecen mucho a los místicos.

Permítaseme añadir aún algunas otras consideraciones. La conciciencia jamás se experimenta en plural, sino sólo en singular. Incluso en casos patológicos de conciencia escindida o doble personalidad, las dos personas se alternan, nunca se manifiestan simultáneamente. En los sueños creamos al mismo tiempo diversos personajes, pero no de una forma indiscriminada: el yo se identifica con uno de ellos, y desde él hablamos y actuamos, mientras tal vez aguardamos ansiosamente la respuesta o la intervención de otro de los personajes, sin darnos cuenta de que es uno mismo quien controla sus movimientos y su discurso igual que hacemos con el propio.

¿Cómo pudo surgir la idea de pluralidad (a la que con tanto ahínco se oponen los autores de las Upanishads)?

La conciencia se encuentra a sí misma en íntima conexión y dependencia con el estado físico de una porción concreta de materia: el propio cuerpo. (Reflexionemos sobre los cambios mentales que  trae consigo el desarrollo corporal, al atraversar etapas como la pubertad, la madurez, la decrepitud, o sobre los efectos que producen la fiebre, las intoxicaciones, la narcotización, las lesiones en el cerebro, etc.). Ahora bien, existe una gran multitud de cuerpos semejantes. De aquí que la pluralidad correlativa de mentes o conciencias aparezca como una hipótesis muy sugestiva. Probablemente, la mayoría de las personas sencillas e ingenuas del pueblo llano, y también la inmensa mayoría de los filósofos occidentales, lo aceptan así sin más.

Ello lleva, casi inmediatamente, a inventar las almas, tantas cuantos cuerpos existen, y también a preguntarse si son mortales como el cuerpo o si son inmortales y capaces de existir por sí mismas. La primera alternativa resulta molesta, mientras que la segunda francamente olvida, ignora o descuida los hechos sobre los que descansa la hipótesis misma de la pluralidad.

Otras cuestiones aún más tontas han llegado a plantearse, como la de: ¿tienen alma también los animales? Se ha llegado incluso a plantear la cuestión de si también las mujeres, o solamente los hombres, tienen alma.

Este tipo de derivaciones, aun siendo puramente hipotéticas, deben ser suficientes para poner en duda la idea misma de pluralidad, que forma parte de todos los credos oficiales occidentales.

¿Acaso no significaría incurrir en una estupidez aún mayor el tratar de descartar de esa idea sus más burdas supersticiones, intentado ponerle «remedio» por el simple expediente de declarar que las almas son perecederas y quedan aniquiladas a la vez que sus cuerpos respectivos?

La única alternativa posible consiste en atenerse sencillamente a la experiencia inmediata, según la cual la conciencia es un hecho en singular, sin plural conocido; que no hay más que una sola cosa, y que lo que nos parece una pluralidad de cosas no son más que una serie de aspectos diferentes de esa única cosa, producto de un engaño (maya para los indios); que es la misma ilusión que produce una galería de espejos o como Gaurisankar y el monte Everest que resultaron ser el mismo pico visto desde valles diferentes.

Por supuesto, tenemos la mente llena de una serie de historias fantásticas que nos impiden reconocer y aceptar un hecho tan simple. Por ejemplo, que aunque se diga que hay un árbol detrás de mi ventana, yo realmente no veo el árbol; lo que yo percibo es la imagen que del árbol real se forja en mi mente en virtud de no se qué ingeniosos mecanismos de los que sólo hemos comenzado a explorar sus fases iniciales, relativamente sencillas. Si alguien está a mi lado y mira al mismo árbol, también él consigue formarse una imagen del árbol en su alma. Cada uno ve su árbol (que se parecen notablemente), pero ninguno sabemos qué o cómo es el árbol en sí. La paternidad de semejante extravagancia corresponde a Kant. En el orden de ideas que considera a la conciencia como un singulare tantum todo ello queda convenientemente sustituido por la afirmación de que evidentemente no hay más que un solo árbol, y que todo el asunto de las imágenes no son más que fantasmagorías.
Sin embargo, todos tenemos la indiscutible impresión de que la suma total de las propias experiencias y recuerdos forman una unidad, absolutamente distinta de la de cualquier otra persona. A esa unidad le damos el nombre de «yo». ¿Qué es ese «yo»?
Si lo analizamos de cerca, nos encontramos, creo yo, con poco más que una colección de datos (experiencias y recuerdos) singulares, esto es, con el lienzo en que todos ellos se contienen. En una íntima introspección, finalmente nos encontramos con que lo que realmente queremos decir al referirnos al propio «yo» no es más que esa materia prima que sirve de soporte a todos aquellos datos. Podemos marcharnos a un país lejano, perder de vista a todos nuestros amigos, podemos incluso olvidarnos de ellos; pero adquirimos nuevos amigos y llegamos a compartir con ellos la vida con igual intensidad que con los anteriores. Cada vez va perdiendo importancia el hecho de acordarnos de nuestra vida anterior, mientras vamos viviendo la nueva. Podemos llegar a hablar de nosotros mismos en tercera persona-, «el joven que era yo entonces»; de hecho, es probable que el protagonista de la novela que estemos leyendo nos resulte más emotivo, y ciertamente más intensamente vivo y mejor conocido que aquél. Y, sin embargo, no ha habido ninguna ruptura intermedia, ninguna muerte. Aun en el caso de que un hipnotizador experto consiguiera sacar a flote todas nuestras antiguas reminiscencias, no sentiríamos que aquel yo hubiera matado a nuestro yo actual. No hay que deplorar la pérdida de ninguna existencia personal en ningún caso.
Ni tampoco habrá que deplorarla nunca.
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