La Danza de los Espíritus.

Este fenómeno fue un movimiento de características similares al Taqui Ongoy surgido hacia 1870 entre los paviotso de Nevada y extendida a los pauites de la Gran Cuenca y posteriormente divulgada por extensas zonas del Oeste Norteamericano. Se produce asimismo en momentos de extrema traumatización de la cultura de los indios norteamericanos llevados a reservas miserables, vencidos, explotados, sin tierras, introducidos en el alcohol, abrumados por pactos no cumplidos y por la imposición de la “civilización” de los colonizadores blancos cuyos presidentes “democráticos” desde Washington DC consideraban a los indios como “raza inferior careciente de inteligencia, industria y costumbres morales”

                                           

En esas circunstancias, aparece un pauite, nacido hacia 1850, conocido como Wovoka (cortador) y como Jack Wilson entre los blancos, que venía a traer las profecías y reglas de una nueva religión, destinada a la salvación de los indios y su forma de vida en un regreso al pasado glorioso y los orígenes. Wovoka había trabajado algún tiempo con una familia de rancheros -los Wilson- de quienes heredó su “apellido blanco” y había conocido de este modo -aunque muy superficialmente- elementos del cristianismo. Sin embargo Wovoka también tenía fama de “hombre-medicina” o chamán, desde que en su juventud contrajo unas fiebres que lo colocaron en más de una ocasión al borde de la muerte. Mientras estaba enfermo, un eclipse causó gran inquietud entre los suyos, lo que hizo que el futuro profeta creyera ser tocado por el Gran Espíritu quien le habría hecho grandes revelaciones.

Wovoka comenzó predicando hacia 1885 -en extraño paralelismo con aquél Titu Cusi andino- una reforma de las antiguas doctrinas religiosas indias, dentro de las cuales se incluía un ritual fundamental: Una danza frenética de varios días de duración conocida como la “Ghost Dance”, o Baile de los Espíritus. Wovoka predicaba la paz entre los pueblos, aunque, iluminado por el Gran Espíritu vaticinaba que los blancos opresores desaparecerían en la primavera de 1891 y que los indios volverían a su antigua vida independiente y a sus instituciones tradicionales. Además los misioneros de la nueva religión aseguraban que todos aquellos que bailasen con la “Camisa de los Espíritus” -que lucían dibujos como el Sol, la Luna, las estrellas, el Aguila, y el Búfalo- serían invulnerables a las balas de los blancos.

El sacerdote proclamaba la próxima venida de una especie de mesías indio y , a partir de aquél instante, todo cambiaría para los “piel rojas”, ya no soportarían las humillaciones de los colonizadores, ni ataques de los “chaquetas azules”, ni abusos de los funcionarios corruptos del gobierno, ni robados por quienes les obligaban a malvender sus tierras. Los cara-pálidas serían expulsados, los ancianos renovarían su vigor, los muertos resucitarían y nuevamente las praderas se llenarían de manadas de búfalos. Para ello se necesitaba sólo que cada vez más seguidores participaran en el ritual de la Danza de los Espíritus.

Así se expresaba Wovoka:

“Todos los indios deben danzar, en todo lugar, seguir la danza…Cuando el Gran espíritu venga a nosotros, los indios todos subirán a la montaña, a lo más alto y alejado de los blancos. Estos no podrán ya hacerles daño. Mientras los indios permanezcan allí arriba, una gran inundación arrastrará a los blancos y los ahogará. Después se retirarán las aguas y nadie sino los indios poblarán la tierra…Los hombres-medicina dirán a los indios que dancen y corran la voz…Quienes no participen en la danza, no crean en estas palabras, crecerán poco, apenas un palmo, y así se quedarán. Otros se convertirán en madera y serán pasto del fuego”

La danza, entonces comenzó a realizarse ininterrumpidamente, día y noche, semanas y semanas, con su monótona melodía, en todas las reservas y campamentos donde prendían las palabras del profeta. Se iniciaba con el disparo ejecutado por una muchacha india, de cuatro flechas sagradas empapadas en sangre de venado. Los danzantes no usaban instrumentos, sólo golpeaban sus pies y cantaban sin cesar un sonido quejumbroso. Cuando uno de los bailarines caía, exhausto, sumido en un trance, otro ocupaba su lugar, y cuando se recuperaba, unos y otros compartían experiencias místicas.

Y así la danza se multiplicó y se prolongó por semanas enteras, comenzando a preocupar a los soldados de guarnición de los fuertes que los observaban de lejos.

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