Los “Cultos Mistéricos”.

Por Antonio Bentué

En la historia de las religiones, se engloban bajo ese título los  fuertes movimientos religiosos cuyo esquema se centra en la búsqueda de inmortalidad, gracias a la iniciación ritual en el paso de muerte a vida de un  determinado protagonista divino, cuyas peripecias son narradas por medio de mitos de estructura cruenta (muerte-resurrección) o incruenta (descenso al ínfero y ascenso a la Vida).

Las raíces míticas más antiguas de esos cultos mistéricos remontan al antiguo Egipto y , paralelamente, a la antigua Mesopotamia, tal como ya lo señalmos en el estudio de sus respectivas formas religiosas. Así, el prototipo primero del mito “cruento” es Osiris, muerto y despedazado por Seth, pero vuelto a la vida inmortal de Atón, gracias a la recomposición de la integridad de su cuerpo, realizada por su amante esposa Isis y su hijo Horus. De manera análoga, el primer prototipo del “misterio”, en su forma “incruenta”, es la diosa mesopotámica de la  fertilidad Ishtar, que desciende a la “tierra sin retorno” (ínfero) para volver a ascender a la vida, llevando consigo a su amante Tammuz, quien toca la flauta de lapislázuli, símbolo de la renovación primaveral después de la muerte asociada a la  esterilidad del invierno.

Como resultado de procesos históricos difíciles de precisar, estos  dos mitos prototípicos tomaron formas propias en diversos lugares, sobre todo del Asia Menor (Tracia, Frigia…), de donde llegaron a Grecia y, desde ahí, a Roma, extendiéndose a todo el imperio, a lo menos a partir del siglo II antes de la era  cristiana y hasta el siglo IV después de Cristo.

Sin embargo, el siglo de oro del desarrollo de los “cultos  mistéricos” se da sobre todo en el siglo VI antes de Cristo, y en adelante. En esa  época, se celebraban en Grecia las grandes fiestas “mistéricas” conocidas como las Thesmoforias, así como las Anthesterias Las Thesmoforias tenían como protagonista a la diosa Deméter y se celebraban en el santuario dedicado a esa gran diosa de la fertilidad, conocido como Telesterion, en la localidad de Eleusis. El mito de Deméter se encuentra ya narrado en uno de los himnos homéricos. Se trata de un mito “incruento”, análogo  al de la antigua Ishtar mesopotámica. Cuenta Homero que Perséfone, la hija de Deméter, estaba en un campo recogiendo una flor de narciso, cuando fue raptada por Hades, quien la arrebató llevándosela al ínfero, mientras ella emitió un gran  grito “y resonaban las cumbres de los montes y las profundidades del Ponto con su voz” (Homero).

Entonces, la diosa Deméter, abandonando el Olimpo, dejó de dar fertilidad a la tierra para descender allí de incógnito, hasta llegar a un lugar donde trabajó como institutriz de un niño a quien quiso iniciar en el secreto de la inmortalidad. Pero su madre entró en el lugar donde Deméter iniciaba al pequeño, desencantando así el ritual. Fue entonces cuando Deméter se reveló como diosa y dio a la gente la oportunidad de construir ahí mismo un santuario (telesterion)  donde pudieran celebrar ese mismo rito que ella había mostrado, de manera que quienes fueran “introducidos” en él, superarían la muerte y ascenderían a la nueva vida, tal como el mito narra que ocurrió finalmente con Perséfone (Coré), quien fue liberada del Hades, ascendiendo junto a Deméter a la Vida inmortal, con su hijo Brimos, nacido en el ínfero. Si bien, el mito narra que Hades, antes de liberar a Perséfone le hizo comer, con engaño, un pedazo de granada, con lo cual retuvo vinculada al ínfero a Perséfone obligando a que periódicamente, ésta tuviera que retornar al Hades, para ser después liberada siempre de nuevo de nuevo. Con ello se transpone al mito la experiencia del carácter cíclico de las estaciones de otoño-invierno y primavera-verano.

Ese mito constituía, pues, el núcleo de la celebración ritual, conocida como el “misterio” de Eleusis. El término misterion proviene  precisamente de ese contexto histórico. Los aspirantes a ser “iniciados” en él, en la  noche del 19 de septiembre (otoño europeo) en que las Thesmoforias llegaban a su  punto culminante, en procesión nocturna, se trasladaban desde Atenas a Eleusis, situada a 22 kilómetros hacia el mediterráneo, con la cara “tapada” (“mistos”, en griego). Una vez introducidos en el santuario (“telesterion”) tomaban una “pózima” sagrada (“kikeon”), mezcla de droga sacada de un parásito del grano de cebada (cizaña) que había sido transportada procesionalmente en el cáliz especial para el efecto (“kratera”), y, bajo el efecto de su “euforia extática”, al amanecer, se abría súbitamente una cortina que permitía entrar la luz exterior en la sala. Y entonces esos “mustoi” se sacaban la venda y “veían” al sacerdote que salía de un lugar oculto del templo, junto a una sacerdotisa que llevaba en sus brazos un bebé (“Brimos”), mientras gritaba:

“La divina Brimo ha dado a luz a Brimos”.

De esta manera, los “mustoi” (tapados) se convertían en “epoptai” (los que han visto). Pues bien, quienes habían tenido la oportunidad única de participar ritualmente en esa “visión”, podían desde entonces vivir, esperando la muerte con la tranquilidad de saber que “ascenderían” junto a Perséfone, y su  nuevo hijo Brimos, a la vida inmortal de Deméter. Confiado en esa esperanza, el  mito homérico concluye con estas palabras:

“Dichoso entre los hombres terrestres el que los ha visto; pues el no iniciado en estos misterios, el que de ellos no participa, jamás gozará de igual suerte que aquel, cuando, después de la muerte, descienda a la oscuridad tenebrosa” (vv. 470-480).

Contemporáneamente, en Atenas, se celebraban las Anthesterias¸que constituían el “culto mistérico cruento”, cuyo protagonista era Dionisos-Baco, a quien Homero dedica también uno de sus himnos a los dioses. El mito cruento de Dionisos es complejo y tremendo. Su núcleo está en el despedazamiento de ese  personaje divino, presentado como un niño cornudo rodeado de serpientes, por las  fauces de los Titanes, quienes hirvieron sus pedazos en una caldera, mientras un  granado brotaba de la tierra donde había sido derramada su sangre; pero Rea (Cibeles) reconstruyó sus miembros y, así, volvió a la vida junto a Zeus, su padre, como en el mito cruento prototípico de Osiris, cuyo cuerpo destrozado es  reconstituido por Isis. Luego vienen todas las peripecias de ese nuevo dios impulsando el culto dionisíaco por todas partes, sirviéndose del vino como medio orgiástico para su celebración, que, a diferencia de los ritos incruentos de Eleusis, aquí eran ritos frenéticos al aire libre, también nocturnos. Durante su transcurso, sobre todo las mujeres iniciadas en el culto (las “ménades”),fuera de sí, cometían toda clase de orgías macabras, tal como lo narra Eurípides en su Tragedia Las Bacantes.

La celebración dionisíaca tenía lugar, tanto en Atenas, como después en Roma, en una primera etapa (“Pequeñas dionisíacas”) de diciembre (Rústicas) a febrero (Leneas), para culminar con las “Grandes Dionisíacas” en el plenilunio de la primavera europea, durante el mes de marzo. La culminación de  ese culto dionisíaco consistía también, como en Eleusis, en la visión de la unión de la pareja mítica constituida por Dionisos (el sacerdote que lo representaba) y la esposa del rey (“Basillinna”), tal como lo cuenta el mismo Aristóteles en su tratado sobre La constitución de Atenas. También Eurípides, en Las Bacantes, alude a esa visión luminosa, cuando después de hablar de las Ménades como “enfurecidas  por el divino fuego”, hace exclamar al Coro: “¡Ya veo!…¡Luz en las tinieblas!”.

La celebración del culto mistérico de las Anthesterias en Roma,se conserva particularmente en los Annales, escritos por el historiador romano del siglo segundo antes de Cristo, Tito Livio.
En Roma, el culto a Baco tuvo connotaciones también macabras, que chocaban con la religiosidad oficial del imperio funcional al “ordo” romano. Por eso, cuando llegaban los meses de fin de invierno e inicio de primavera, y comenzaban las fiestas populares de inmigrantes en la urbe romana, procedentes de países del Asia Menor y presididos por sacerdotes exóticos, los ciudadanos romanos sentían el temor de ver amenazadas sus costumbres tradicionales, particularmente por las “bacanales” nocturnas celebradas al aire libre y en cuevas periféricas de la ciudad, con mezcla de gente de ambos sexos, que llevaban en una  mano antorchas encendidas, mientras, con la otra, sostenían el “tirso” engalanado con hiedra, gritando frenéticamente.

Asimismo, durante esas fiestas, gente muy joven era sometida a rituales de “iniciación”, que incluían aspectos sexuales, como parte de los mismos ritos de magia homeopática de fertilidad. Ello determinó que, en el año 186, el Senado romano tomara cartas en el asunto y decidiera prohibir las fiestas Dionisíacas en Roma, así como en toda la provincia itálica. Esa prohibición se mantuvo hasta la época de César, quien volvió a introducir el culto a Baco, ahora bajo la advocación de Liber Pater, sin los aspectos macabros y desvergonzados de las antiguas “bacanales”. Los cultos báquicos volverían a retomarse, después de la interupción de Constantino, con el emperador Juliano, llamado “el apóstata”.
Junto al culto mistérico de Dionisos-Baco, se desarrollaron también otros cultos, particularmente el de Orfeo, cuyo mito se recubre con el de Dionisos, hasta  el punto que los rituales “órficos” tenían más bien como protagonista mistérico a Dionisos.

El mito propio de Orfeo es incruento, de descenso-ascenso. Con su lira, descendió al Hades a recuperar a su amada Eurídice, quien había muerto por la  mordedura de una serpiente, al intentar huir de Aristeo, que quería violarla. Orfeo encantó, con su música, a los poderes infernales, incluído el mismo Hades, quien le concedió la liberación de Eurídice a condición de que, de que durante su ascenso, Orfeo nunca mirara para atrás, hasta que Eurídice hubiera visto la luz exterior del día. Pero cuando ya Orfeo vio brillar esa luz, miró hacia atrás para asegurarse de que lo seguía Eurídice y eso determinó que ella quedara sepultada de nuevo en la tiniebla, sin poder ascender con él a nueva vida, señalando quizá con ello la imposibilidad del ascenso a la vida inmortal de los dioses, tal como está también expresado en la antigua Epopeia de Guilgamesh, al serle arrebatada por la serpiente la planta sagrada de la inmortalidad.
Pero, junto a este mito incruento, está también el mito cruento en que Orfeo es despedazado precisamente por las Ménades dionisíacas, manteniéndose intacta sólo su cabeza, que se conservó depositada en una cueva, convirtiéndose ahí su palabra en un oráculo más cotizado que el de Delfos. Ello determinó que Apolo se molestara, prohibiéndole profetizar. Y, desde entonces, la cabeza de Orfeo dejó de hablar.

La imagen mística del Orfeo cantor y profeta explica que surgieran  grupos de seguidores místicos, formando las comunidades “órficas”, que se caracterizaban por cierto nivel ético de comportamiento, si bien muchos de ellos mantenían rituales de tipo dionisíaco, consumiendo carne y sangre cruda de toro (“omofagia”) como una especie de “banquete de comunión” con la divinidad (Dionisos), en la esperanza de tener así la garantía de la inmortalidad.
Junto a ello, al morir se los enterraba con amuletos pegados a su cuerpo (“órfica”), con frases “herméticas”, que aseguraban al difunto poder encontrar el camino de acceso a la Vida en el Más Allá . Algunos de esos textos aluden a creencias de “reencarnación” análogas a las que describe Platón al final del libro de La República10; si bien Platón denosta con ironía la pretensión de lograr la inmortalidad como resultado de los “rituales órficos” y considera que ello se logra únicamente con el comportamiento ético, el cual constituye, según él, a los verdaderos fieles de Orfeo-Baco (“bacoi”).

El último “culto mistérico” en sobrevivir al cristianismo, una vez éste  hubo sido asumido como religión oficial del imperio por Teodosio, fue el culto a Mitra. Se trata de la celebración de un mito del tipo “cruento”, si bien tiene una connotación particular, puesto que el protagonista divino, “Mitra”, no es quien muere y resucita, sino que él es un “mediador” (mesítes) que sacrifica al toro sagrado y, gracias a ese sacrificio, vuelve la vida sobre la tierra.
El culto a Mitra, con el sacrificio del toro a él vinculado, era celebrado  ya en el antiguo hinduismo védico, de donde pasó al mazdeismo persa, resistiéndose ahí a ser suprimido por la reforma de Zoroastro. Ese culto llegó a Roma, procedente de Frigia, a fines del siglo primero de nuestra era, permaneciendo vivo hasta el siglo quinto. El mito frigio identificaba a Mitra como un personaje divino nacido de la bóveda celeste, simbolizada con una roca sólida, entre los juncos de un río y a la sombra de un árbol, llevando en su cabeza un gorro frigio y en sus manos un cuchillo para enfrentar a los poderes contrarios, y una  antorcha encendida para disipar las tinieblas. De su nacimiento fueron sólo testigos unos pastores. El primer poder con el que se enfrentó fue el Sol, logrando hacerse con él y vencer así al occidente, siendo asociado al carro solar luminoso que nace siempre por el oriente. El segundo poder al que se enfrentó es el toro, símbolo primigenio de la fecundidad.

Un Mitra lo hubo dominado, lo cargó sobre sus hombros llevándolo penosamente hasta una cueva. Ese esfuerzo penoso constituye el transitus, o la “pasión” de Mitra, a la que se asociaban todos los sufrimientos humanos. Pero el toro se escapó de la cueva, y entonces Mitra tuvo que salir a  buscarlo, acompañado de su perro fiel, hasta dominarlo nuevamente, después de  una “corrida” que culminó con su sacrificio cruento, clavándole el cuchillo en el cuello. De su cuerpo emergieron toda clase de plantas silvestres, de su cola granos de trigo y su sangre se convirtió en el vino utilizado en la celebración mistérica de  los “mitraicums” , a pesar de que una serpiente lamía su sangre, un cuervo estaba al acecho y un escorpión (cuya constelación coincide con el occidente donde se pone el sol) pinzaba sus genitales para intentar impedir, en vano, su fecundidad, puesto que el toro ascendió al cielo y su simiente, protegida por la luna y por el  perro fiel de Mitra, produjo todo tipo de animales y de frutos.<
Después de esto, Mitra, ascendió también al cielo, como Sol Invictus, cuyo zénit precisamente coincide con la constelación de Tauro. Y, retomando un antiguo tema escatológico persa, al final de los tiempos un nuevo toro sagrado aparecerá sobre la tierra; Mitra descenderá entonces nuevamente del cielo, como "mediador", para sacrificarlo y, mezclando su sangre con vino, la dará a beber a  los hombres, en un banquete ritual, concediéndoles de esta manera la inmortalidad.
Mitra será así el "conductor" o "psicopompo divino" de las almas hacia su morada definitiva en los Campos Elíseos, situados más allá de los planetas y de las estrellas fijas.

Su culto fue especialmente practicado por los soldados, que veían en Mitra el prototipo del héroe y, a la vez, ese culto,celebrado en los "mitraicums", les daba fuerza para enfrentar el peligro de muerte en las batallas, con la esperanza de la inmortalidad asociada a él. La "iniciación" al culto de Mitra, por la cual el fiel se identificaba con Mitra, asociado también a Baco, como Liber Pater, suponía un proceso ascendente de siete grados, pasando por el "cuervo" (corax), el "oculto" (cryphius, ¿escorpión?), el "soldado", el "león", el "persa", el "correo del sol", hasta  llegar a la identificación con Mitra como "padre" (el Liber Pater, o Baco), tal como consta en la crítica que hace San Jerónimo en una carta, de apologética cristiana,  contra el culto a Mitra.

Con el grado de "soldado" comenzaba propiamente la iniciación mitraica, consistente en una serie de pruebas en carreras y combates simbólicos, finalizando los cuales el así "iniciado" recibía una especie de bautismo y una marca de cauterización en la frente, que lo señalaba como consagrado a Mitra. Asimismo, con el grado de "león", también llamado de los "participantes", podían comenzar su participación en el banquete ritual. Al culminar el séptimo grado, el iniciado perfecto recibía una corona de laurel, como símbolo de resurrección .
Vinculado a ese mismo culto de Mitra, aunque más tarde se celebrará unido al culto de Cibeles, y con raíces en el antiguo culto védico hindú, tenían lugar los llamados taurobolios, que eran rituales cruentos de purificación, consistentes en derramar la sangre de un toro degollado sobre el cuerpo del  iniciado, quien se ubicaba en un foso (spelunca) debajo de una plataforma de  madera sobre la cual se sacrificaba el toro, cuya sangre se filtraba a través de  agujeros, cayendo sobre el fiel, como ritual de iniciación. Y quien había participado  así en el taurobolio consideraba que participaría también de la vuelta a la vida del toro de Mitra, después de haber muerto, siendo desde entonces ya in aeternum  renatus.
El Mitraismo fue, sin duda, el "culto mistérico" que compitió con mayor persistencia con el "misterio cristiano", procedente de la provincia palestina del Imperio, desde la segunda mitad de nuestra era y que, al comienzo, había sido  brutalmente perseguido por Nerón y hasta Diocleciano. Sin embargo, Constantino, después de la batalla del Puente Milvio (313) decidió terminar la persecución, emitiendo el decreto de "tolerancia religiosa" que, después, Teodosio transformó con la erección del "misterio cristiano" en culto oficial del Imperio, siendo entonces perseguidos los cultos de Mitra.

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