Magos y magias.

El primer mago fue Zoroastro, rey de la Bactrania, que murió en la guerra a manos del rey asirio Niño, y cuyas gestas, según el testimonio de Aristóteles, se describen en dos millones de versos. Muchos siglos después, Demócrito perfeccionó este arte en el tiempo en que también Hipócrates sobresalía en el arte médica. Las artes mágicas florecieron entre los asirios, como dice Lucano: «(…) algunos conocen el destino observando las visceras, otros observando los pájaros, otros todavía estudiando los fuegos celestes o mirando las estrellas según las enseñanzas asirías.»

Así que estas  artes mágicas se esparcieron por todo el mundo porque fueron enseñadas y transmitidas por los ángeles malvados gracias a su limitado conocimiento del futuro y de las invocaciones infernales. Sus invenciones son la aruspicina, el arte de los augurios y de los oráculos, y la necromancia. Y no hay que maravillarse de los engaños de los magos por más que las artes mágicas se hicieran de tal forma que produjeran resultados  como transformar los bastones en serpientes y el agua en sangre (…).

Los magi son los que, a causa de la enormidad de sus delitos, se llaman habitualmente malefici. Ellos alteran los elementos naturales, turban la mente humana, llegan incluso a matar sin la ayuda de ningún veneno, con la sola fuerza  de sus encantamientos (…).

De hecho, evocados los demonios, osan incitarlos a matar   a sus enemigos personales. Se sirven para esto de sangre, de víctimas, y a menudo profanan los cadáveres.

Necromantii son los que al parecer resucitan a los muertos para interrogarles y obligarles a darles respuestas. En realidad, nekrós significa «muerto» en griego, y manteia «adivinación». Por esto se derrama sangre sobre el cadáver, porque se dice que los demonios aman la sangre. Y luego, en las ceremonias necrománticas, se añade sangre al agua para que aquéllos sean más fuertemente atraídos por el color sanguinolento.

Hidromantii se llaman así por el agua. De hecho la hidro-mancia consiste en evocar en un espejo de agua la figura de los demonios y ver y oír cosas por medio de ellos o de sus engaños; vertiendo sangre en el agua se pueden evocar del mismo modo los condenados.

Este tipo de adivinación nos viene de los persas. Varrón dice que había cuatro vehículos de la adivinación: la tierra, el agua, el aire y el fuego. Tenemos, pues, la geomancia, la hidromancia, la aeromancia y la piromancia.

Los divini se llaman así como quien dice «plenos de Dios»; éstos se presentan como llenos del espíritu divino y con fraudulenta astucia fingen predecir el futuro.

La adivinación se basa en realidad en dos aspectos: el artificio y el éxtasis.

Los incantatores se llaman así porque se sirven en su arte de la palabra.

Los arioli enuncian sus nefandas oraciones —de ahí su nombre— ante el altar de los ídolos, ofrecen sacrificios infames, y con estas ceremonias obtienen respuesta de los demonios.

Los aruspices prestan atención a las horas (de hecho observan y averiguan cuáles son las horas y los días mejores para emprender lo que acontezca y a qué debe estar el hombre atento durante el discurrir del tiempo). Además examinan las entrañas de los animales y sacan predicciones de ellas.

Los augures son los que analizan el vuelo y el canto de los pájaros y todos los signos o cosas notables que se presentan de repente al hombre; los auspices son lo mismo.

Además, los auspicios son las cosas que observa el que va de viaje (…).

Hay dos géneros de auspicios: los que se ven, por ejemplo el vuelo de los pájaros, y los que se oyen, por ejemplo su canto.

Los pythones se llaman así por Apolo Pitio, porque él inventó la adivinación.

Los astrologi obtienen previsiones de los astros, de ahí su  nombre.

Los genethliaci parten de la consideración del día del nacimiento. De hecho ordenan el apareamiento de los hombres según los signos de las doce constelaciones celestes y tratan de predecir las costumbres, los actos y el destino de quien nace según el curso de las estrellas: es decir, según el signo bajo el que se nace o según el destino que aguardará al que va a nacer.

Éstos son los que comúnmente se llaman mathematici: su falsa creencia es la que los latinos llaman constellationes, es decir, figura y posición de los grupos de estrellas bajo los que nace cada cual.

Al principio estos intérpretes de las estrellas se llamaban magi,  pero luego se terminó por designar con este nombre sólo a los mathematici. Su arte se consideró lícita hasta el tiempo del Evangelio; pero a partir del nacimiento de Cristo dejó de ser lícito la interpretación del día natalicio según los signos celestes.

Se llaman horoscopi los que predicen el destino según la hora en que nacen los hombres.

Los sortilegi son los que dan muestra de ciencia divinatoria bajo el concepto de una falsa religión, sirviéndose de lo que ellos llaman sortes sanctorum, o que en cualquier caso predicen el futuro interpretando cosas escritas.

Los salisatores son los que se predicen a sí mismos acontecimientos tristes o felices según los movimientos imprevistos que advierten en ciertos miembros de su propio cuerpo. A todas estas cosas hay que añadir también las ataduras y todos los execrables remedios que el arte médica condena: como el uso de fórmulas de encantamiento, trazo de caracteres, objetos que se cuelgan o atan.

Fuente:Isidoro  de Sevilla-Etymologiae Lib.VIII

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