Sociedad medieval y magia.

Cuando se trata de los delitos  de Magia, la sociedad cristiana medieval recogió no sólo el espíritu y la letra de las leyes judaicas, sino que también aceptó lo que se prescribía en el Derecho Romano y en el Derecho germánico de origen no cristiano. Es evidente también que los jueces civiles durante largo tiempo estuvieron más apegados a leyes tajantes que los eclesiásticos, por una razón sabida. Cuando los Padres de la Iglesia tuvieron que luchar con los paganos y sus creencias, utilizaron gran parte del arsenal de los filósofos y escritores griegos y romanos que les habían combatido o aún combatían, como vulgaridades propias de gente del común, fábulas ridículas, prescripciones grotescas e inmorales.

En esta condena, de una manera más o menos equívoca, queda incluida la Magia, objeto de burlas de hombres como Petronio, Luciano y otros. Y en un momento determinado, un gran padre cristiano, nada menos que San Agustín, llega a decir que algunos de los actos más populares y corrientemente atribuidos a las brujas o hechiceras eran debidos a que estas mismas padecían ensueños, durante los cuales creían actuar.

La teoría del ensueño fue conocida por los teólogos medievales y tuvo partidarios siempre frente a los que seguían una tesis realista, radical, entre los que quedaron muchos magistrados civiles. Hay que reconocer que esta doctrina se refiere a una parte tan sólo de lo que se considera delitos de Magia. Dígase lo que se haya dicho en torno a la naturaleza y orígenes del llamado «pensamiento mágico», éste es mucho más vario y fluido de lo que dan a entender algunos teorizantes. Pero la cuestión, ahora, es subrayar que siempre hay algo de equívoco al considerarlo.
Por otra parte, en la praxis de los jueces civiles durante mucho tiempo se aceptaron procedimientos que pueden considerarse mágicos para averiguar si eran ciertos o no los mismos delitos de Magia: porque no puede pensarse que sean otra cosa las «ordalías» o «salvas» de agua hirviendo, hierro candente, etc., que fueron condenadas por hombres de Iglesia de épocas distintas, incluyendo con ellas el duelo y el «Judicium Dei», en general.

Así pues, en ningún caso el juez, civil o eclesiástico, ha estado menos «centrado» que cuando se trata de juzgar a magos, hechiceros, brujas de alto copete o de poca importancia en la sociedad. Porque tratándose de otros asuntos, las leyes, sus leyes, eran clarísimas. Tratándose de Magia hay desde textos de graves escritores cristianos que se burlan de creencias tales como los vuelos de las viejas parleras y malfamadas, a disposiciones severísimas contra las mismas. Desde Juana de Arco, acusada de trato con el Diablo y quemada por ello, a la vieja beoda, objeto de burlas y chascarrillos, hay toda una escala de mujeres que se encuentran, siempre, en un momento de su vida, ante el mismo personaje semirreligioso, semipolítico (o policía), que las ha de juzgar.

Julio Caro Baroja

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