La propagación de los cultos orientales en el imperio romano.

Imagen romana del año 295 d.c que representa a Cibeles y Atis. La diosa Cibeles y su amante Atis eran parte del mito inspirador de uno de los cultos orientales fundamentales que se propagaron en la  Roma antigua.

1. La crisis de la antigua religión romana.

Los romanos, han juzgado a lo largo de todas las épocas de su historia las teorías y las instituciones según su resultado práctico. Siempre tuvieron hacia los ideólogos el desprecio de los militares y los hombres de negocios. Se ha destacado frecuentemente que la filosofía se aleja de las especulaciones místicas en el caso del mundo latino, para concentrarse totalmente en la moral. Incluso más adelante la Iglesia romana dejará a los helenos las sutiles controversias interminables acerca de la esencia del Logos divino o de la doble naturaleza de Cristo. Las cuestiones que le apasionaron y que la dividieron fueron aquéllas que tenían una aplicación práctica en la conducta, como la de la doctrina de Grecia.

La vieja religión de los romanos debía necesariamente responder también a esta exigencia de su genio. Su pobreza era honrada. Su mitología no poseía el encanto poético de la griega y sus dioses no poseían la inagotable belleza de los Olímpicos, pero eran mucho más morales, o al menos pretendían serlo. Un buen número de ellos eran simplemente cualidades personificadas, tales como la Piedad o el Pudor. Todos ellos imponían a los hombres-como la ayuda de los censores-la práctica de las virtudes nacionales, es decir, de aquellas útiles para la sociedad, como la temperancia, el valor, la castidad, la obediencia a los padres y a los magistrados, el respeto por el juramento y las leyes, y todas las formas de patriotismo. En el último siglo de la República el pontífice Escévola, uno de los hombres más notables de su tiempo, rechazaba como fútiles a las divinidades de las fábulas y de los poetas, y como superfluas y perjudiciales las de los filósofos y los exégetas, para reservar todas sus complacencias a las de los hombres de estado, las únicas que eran convenientes dar a conocer al pueblo. Estas eran efectivamente las protectoras de las viejas costumbres de las viejas tradiciones, e incluso también de los antiguos privilegios. Pero el conservadurismo en medio del perpetuo fluir de las cosas lleva siempre en su seno el germen de la muerte. Del mismo modo que el derecho siempre se esforzó en vano por mantener en su integridad los antiguos principios, como el poder absoluto del padre de familia, que ya no correspondían a las realidades sociales, también la religión vino a cobijar una ética contraria a las reglas morales que poco a poco se iban afirmando. De este modo la idea arcaica de la responsabilidad colectiva estaba implícita en una gran cantidad de creencias: si una vestal, por ejemplo, viola su voto de castidad la divinidad enviará una peste que no cesará más que el día en el que la culpable sea castigada. A veces el cielo irritado no otorga la victoria más que si un general o un soldado se ofrecen a los dioses infernales como víctima expiatoria. Sin embargo, poco a poco se iba poniendo de manifiesto debido a la influencia de los filósofos y también de los juristas, que cada cual es responsable de sus propias faltas y que no es justo que una ciudad entera pague el crimen de una persona. Ya no se admitirá que los dioses confundan en un mismo castigo a buenos y malos, e incluso se encuentra ridícula su cólera, tanto en sus manifestaciones como en sus causas. Las rústicas supersticiones de los campesinos del Lacio se mantenían en el código pontificial del pueblo romano. Si nacía un cordero con dos cabezas o un potro de cinco patas debían ordenarse solemnes súplicas para alejar las desgracias que presagiaban estos horrorosos prodigios.

De este modo, todas las creencia pueriles y monstruosas de la que estaba infestada la religión de los latinos, habían arrojado sobre ella el descrédito. Su moral ya no respondía a la nueva concepción que se tenía justicia. Generalmente Roma remedió la indigencia de su teología y su culto tomando prestado de los griegos lo que le faltaba. Pero en este caso ya no le sirvió este recurso intelectual, no era más que mediocremente moral. Y las fábulas de una mitología de la que se burlaban los filósofos, que se parodiaba en el teatro y versificaba por poetas libertinos, eran cualquier cosa menos edificantes.

Además -y esto constituía una segunda causa de debilidad- la moral, fuese la que fuese, que se exigía de un hombre piadoso carecía de sanción. No se creía que los dioses interviniesen en cada momento en los asuntos humanos para descubrir los crímenes ocultos y castigar al vicio triunfante, ni que Júpiter lanzase su rayo para fulminar a los perjuros. En la época de las proscripciones y las guerras civiles, o bajo el reinado de un Nerón o un Cómodo, estaba demasiado clero que el poder y los placeres pertenecían al más fuerte, al más hábil, o simplemente al más feliz, y no necesariamente al más sabio o al más pío. Apenas se creía en los castigos o las recompensas de ultratumba. Las nociones sobre la vida futura eran imprecisas, nebulosas, dudosas y contradictorias. Todo el mundo conocía el célebre pasaje de Juvenal: “que haya Manes, un reino subterráneo, un Caronte armado de una pértiga y las ranas negras en las simas de Estigia, y que tantos millares de hombres puedan atravesar la onda en una sola barca, eso no se lo creen ni los niños”.

Desde finales de la República la indiferencia se extendía cada vez más, los templos estaban abandonados y amenazaban ruina, el clero tenía dificultades para perpetuarse, las fiestas antaño populares caían en desuso. Y Varrón, al comienzo de sus “Antigüedades” expresaba el temor de que “los dioses pereciesen, no por los golpes de los enemigos extranjeros; sino por la propia desidia de los ciudadanos”. Augusto, como se sabe, se esforzó por revivificar esta religión moribunda, más por motivos políticos que por causas religiosas. Sus reformas estuvieron en estrecha correlación con su legislación moral y con la fundación del principado. Tendieron a traer de nuevo al pueblo hacia la práctica de las virtudes antiguas, pero también a conseguir su adhesión al nuevo orden de las cosas. De estos momentos data en Europa el comienzo de la alianza entre el trono y el altar.

Pero esta tentativa de renovación fracasó totalmente. Hacer de la religión el auxiliar de la policía de las costumbres no es el medio de asegurarse el gobierno de las almas. El respeto exterior hacia los dioses oficiales se concilia frecuentemente con un absoluto escepticismo práctico. Sin embargo, la restauración intentada por Augusto es muy característica, trata de cubrir esta necesidad del espíritu romano, que por temperamento y por tradición quería que la religión sirviese como sostén moral del Estado.

  2. La nueva fuerza de los cultos orientales

Los cultos asiáticos vinieron a dar satisfacción a estas exigencias. El cambio de régimen, a pesar de lo que se pretendía, implicaba un cambio de religión. A medida que el cesarismo se transformó en una monarquía absoluta, se apoyó cada vez más en los sacerdotes orientales. Estos sacerdotes, fieles a las tradiciones de los Aquemenídas y de los Faraones, predicaban doctrinas que tendían a colocar a los soberanos por encima de la humanidad, y así aportaron a los emperadores una justificación dogmática de su despotismo. Es curioso señalar, en efecto, cómo los emperadores que proclamaban más frecuentemente sus pretensiones autocráticas, como un Domiciano o un Cómodo, fueron también los que favorecieron más abiertamente las devociones extranjeras.

Pero este apoyo interesado no hizo más que consagrar un poderío ya conquistado. La propaganda de los cultos orientales fue en un principio democrática, y a veces incluso, como en el caso de Isis, revolucionaria. Se difundieron poco a poco y de abajo hacia arriba, y no fue el caso de los funcionarios a los que primero apelaron, sino a la conciencia popular.

A decir verdad, estos cultos, excepto el de Mitra, parecían a primera vista menos austeros que los de los romanos. Se encuentran, como tendremos ocasión de comprobar, fábulas groseras e impúdicas y ritos atroces. Los dioses de Egipto fueron expulsados de Roma por Augusto y por Tiberio por considerarlos inmorales, pero lo eran sobre todo a los ojos del poder, porque estaban en oposición a una determinada concepción del orden social. Si se preocupaban medianamente del bien público, daban mucha más importancia a la vida interior, y en consecuencia al valor de la persona humana. Los sacerdotes orientales traían sobre todo a Italia dos cosas nuevas: los misteriosos medios de purificación por los cuales pretendían borrar las manchas del alma y la garantía de una bienaventurada inmortalidad que sería la recompensa de la piedad.

Las religiones pretendían en primer lugar hacer que las almas hallasen de nuevo su perdida pureza, y esto de dos modos, ya sean mediante las ceremonias rituales, o bien por las mortificaciones y penitencias. Conocían en primer lugar una serie de abluciones que suponía que eran capaces de devolver a miles su pretendida inocencia. Debía, o bien lavarse con agua consagrada de acuerdo con determinadas formulas prescritas -se trata en realidad de un rito mágico, la limpieza del cuerpo actúa por simpatía sobre el espíritu interior, es una autentica desinfección espiritual-: o bien se le rociaba o absorbía la sangre de una víctima degollada por los propios sacerdotes, y de aquí viene la idea de que el licor que fluye en nuestras venas es el principio de la vida capaz de comunicar una nueva existencia. En efecto, estos ritos y otros análogos utilizados en los misterios tenían, según se creía, el efecto de regenerar al iniciado y hacerlo renacer a una vida inmaculada e incorruptible.

La purificación del alma no se obtenía solamente por actos litúrgicos, también se llegaba a ella mediante el renunciamiento y el sufrimiento. El sentido de la palabra expiatiocambió: la expiación ya no se adquiere más mediante el exacto cumplimiento de determinadas ceremonias agradables a los dioses y exigidas por un código sagrado, del mismo modo que se impone una multa para reparar el daño, sino mediante una privación o un dolor personales. La abstinencia que impide a los funestos principios introducirse en nosotros con el alimento, y la continencia, que preserva al hombre de toda contaminación y de toda debilidad, se han convertido en los medios de librarse del dominio de los poderes del mal y de conseguir la gracia para con el cielo. Las maceraciones, las peregrinaciones dolorosas y las confesiones públicas, e incluso a veces las flagelaciones y las mutilaciones, todas las formas de la penitencia y de la mortificación, levantan al hombre y lo aproximan a los dioses. El sirio que ha ofendido a su diosa comiéndose sus peces sagrados se sienta al borde de un camino, cubierto con un saco y vestido de sórdidos harapos y proclama humildemente su falta para obtener el perdón. “Tres veces en pleno invierno, dice Juvenal, el devoto de Isis se sumergirá en el helado Tiber y temblando de frío se paseará alrededor del templo sobre sus rodillas ensangrentadas, e irá, si la diosa se lo ordena, hasta los confines de Egipto a coger el agua del Nilo que asperjará en el santuario”. Vemos como se introduce en Europa el ascetismo oriental.

Pero a partir de ahora, si hay en este mundo actos impíos y pasiones impuras que contaminan y profanan las almas, y si éstas no pueden libarse de esta infección más que mediante determinadas expiaciones, será preciso que se conozca la profundidad de la falta, así como las necesidades penitenciarias. Y será al clero a quien corresponda juzgar las faltas e imponer las penitencias. El sacerdocio adquiere pues un carácter muy diferente al que poseía en Roma. El sacerdote ya no es solamente un guardián de las tradiciones sagradas, el intermediario entre el hombre o el estado y los dioses, sino un director espiritual. Enseñará a sus ovejas la larga serie de prohibiciones que deben proteger su fragilidad contra los ataques de los espíritus maléficos. Sabrá apaciguar los remordimientos y los escrúpulos y devolver al pecador su paz espiritual. Como se ha insistido en la ciencia sagrada, posee el poder de reconciliarse con los dioses. Las comidas sagradas, frecuentemente practicadas, mantenían la comunicación entre los mistes de Cibeles o Mitra, mientras que un servicio religioso cotidiano reavivaba sin cesar la fe de los fieles de Isis. El clero se hallaba plenamente absorbido por su ministerio, vive únicamente para y de su templo. Ya no se constituye, igual que el Roma, en colegios sacerdotales, y que eran comisiones que regulaban los asuntos del Estado bajo la vigilancia del Senado, sino que forma una casta casi recluida, que se distingue por sus hábitos y costumbres; constituye un cuerpo propio, con su jerarquía, su protocolo, e incluso sus concilios.

3. El camino de la inmortalidad y salvación personales

(…) A medida que avanzaba hacia finales del Imperio las voluntades parecen hacerse más débiles, y los temperamentos están como enervados. Cada vez se encuentra menos esa robusta salud espiritual, las mentes, incapaces de permanecer en un perpetuo error, ya no sienten la necesidad de ser guiadas y reconfortadas. Se aparecía la difusión de este sentimiento de cansancio y de fragilidad incluso, que siguen a los excesos de las pasiones, y la propia debilidad que conduce al crimen impulsa a buscar la absolución en las practicas exteriores del ascetismo. Y se acude a los sacerdotes de los cultos orientales como médicos del alma, a buscar remedios espirituales.

La santidad que se esperaba obtener por medio de los ritos era la condición de la felicidad tras la muerte. Todos los misterios bárbaros tuvieron la pretensión de revelar a sus iniciados el secreto para alcanzar una bienaventurada inmortalidad. La participación en las ceremonias ocultas de la secta era ante todo un medio de conseguir la salvación. Las creencias sobre la vida de ultratumba, tan vagas y desoladoras en el antiguo paganismo, se transformaron en la garantizada esperanza de una forma precisa de beatitud.

Imagen de Mitra sacrificando al toro. El mito del héroe Mitra fue la inspiración de otro de los grandes cultos de origen oriental celebrados en Roma.

Esta creencia en una supervivencia personal del alma, e incluso del cuerpo, respondía a un profundo instinto de la naturaleza humana, el de conservación, pero la situación social y moral del Imperio en su decadencia le concedió un poder que no había conseguido anteriormente. En el siglo III las desgracias de los tiempos causaron tantos sufrimientos, durante este periodo atormentado y violento se dieron tantas ruinas inmerecidas, tantos crímenes quedaron sin castigo, que se buscó refugio en la esperanza de una existencia mejor, en la que serían reparadas todas las inquietudes de este mundo. Ninguna esperanza terrestre iluminaba entonces la vida. La tiranía en una burocracia corrompida ahogaba toda veleidad de progreso político. Las ciencias estancadas no revelaban más que verdades ya conocidas. Un progresivo empobrecimiento desanimaba todo proyecto de empresa alguna. Se difundía la idea de que la humanidad estaba alcanzada por una irremediable decadencia y que la naturaleza se encaminaba hacia la muerte y el fin del mundo estaba próximo. Es preciso considerar todas las causas del desanimo y de abandono para comprender el poder de esta idea, tan frecuentemente expresada, de que una amarga necesidad constriñe al espíritu que da vida al hombre a quedar encerrado en la materia, y que la muerte supone una liberación que lo libera de esta prisión carnal. En esta pesada atmósfera de una época de opresión y de impotencia las almas oprimidas aspiraban con un indecible ardor a escaparse hacia los radiantes espacios del firmamento.

Fuente:  Franz Cumont, “¿Por qué se propagaron los cultos orientales?”.

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