Egipto y el diluvio universal.

La destrucción de una era antigua por medio de las Aguas es uno de los mitos más difundidos en el mundo arcaico y un método al que recurren con frecuencia los dioses de diversos pueblos para castigar a la Humanidad. Sin embargo, es sorprendente que en el Antiguo Egipto no hayamos encontrado todavía la versión definitiva de un relato sobre el Diluvio Universal.

La historia sobre un cataclismo por aguas, al estilo del mito griego de Deucalión o el del Noé bíblico, brilla por su ausencia en el país del Nilo. Este detalle, no menor, ya había sido notado por Platón en su Timeo, quien afirmaba que el Diluvio Universal “no había alcanzado a la tierra de Egipto”. Recién en los períodos tardíos este mitologema fue incorporado a las listas dinásticas de varios cronistas antiguos como Manetón, seguramente inspirado en los archivos reales mesopotámicos (limus).

No obstante, algunos autores como É. Naville (1870) han visto, en las antiguas inscripciones de los monumentos faraónicos, restos de una narración parecida a las del Diluvio semita. Evidentemente, aluden a aquellos relatos aislados que nos hablan de una destrucción de la Humanidad. Sin embargo, por el momento, carecemos de suficientes elementos en el ideario egipcio como para creer en la presencia de un mito acerca del Diluvio.
A raíz de esta situación en el presente trabajo se analizará, a la luz de los principales mitos asiáticos del Diluvio, la naturaleza de los relatos egipcios sobre las llamadas “destrucciones por elementos líquidos”, así como las oscuras menciones “oceánicas” que asoman veladas en sus textos más antiguos. A partir de una explicación de su cosmovisión, se intentará dilucidar el por qué de la ausencia del mito del Diluvio en el país del Nilo.

La destrucción de la Humanidad según los textos egipcios

En un fragmento del Libro de los Muertos (Capítulo CLXXIV), que es frecuentemente citado por los defensores del mito del Diluvio en Egipto, encontramos unas enigmáticas palabras del dios Atón, que se han asociado con nuestro tema:
(…) han destruído secretamente cuanto has creado (…) esta Tierra ha desaparecido con el alba de la existencia, en el océano del cielo (Diluvio), surgiendo del Caos de los primeros tiempos.

Aunque este oscuro pasaje no nos permite formular ninguna conclusión a priori, no podemos pasar por alto el hecho de que existen documentos provenientes de varias tumbas reales del Reino Nuevo, donde se muestra el tema del castigo contra la Humanidad por parte de los dioses Ra y Hathor.

Los textos lo cuentan más o menos así. Al buen gobernante Ra (en esta versión del mito es un dios solar activo), descendiente de Nun (las Aguas pre-creacionales), ante quien se inclinaban las Dos Tierras, le llegó una noticia perturbadora: los hombres estaban planeando una conspiración contra su soberanía divina. Ra inmediatamente convocó a las divinidades principales de las Enéadas para inquirir en su sabiduría. Para ello, se hizo presente el Ojo, Shu, Tefnut, Nut y Gueb.

El consejo decide llamar a la diosa Sejmet, “la leona poderosa”, aquella que se deleita con la sangre de sus víctimas, para destruir a los hombres. Sin embargo, el buen Ra se compadece de la Humanidad y le pide a Hathor que tome una mandrágora y con ella forme licor en muchísimas cantidades, a saber siete mil jarras de cerveza (o vino), para inundar los campos. Mediante el ardid de verter el licor sobre la tierra detuvo aquella conspiración contra la clase divina y real e hizo creer a la sanguinaria Sejmet que era la sangre de los hombres, salvando de esta manera a la raza humana.

Veamos un segundo caso, el relato del “Mar voraz”, que data de la Decimoctava Dinastía (Gardiner, 1932: p. 76- 81). Allí se nos cuenta como las aguas cubrieron la tierra de Egipto.

Ptah había prometido a la Tierra que la casaría con el Cielo; ésto hizo muy feliz a la Tierra y dio alabanzas al dios. La situación encolerizó al Mar, quien también reclamó casarse con la Tierra. Ptah se vio en un brete: ahora debía manejar la situación con cautela para mantener el orden cósmico. Para tratar el caso, propuso construir un trono tan alto que rivalizara con los Cielos, a los cuales el Mar debía subir. Este alcanzó rápidamente el trono y se apoderó de las cosas valiosas; Egipto yacía inundado. Ante esta catástrofe los dioses convocaron a una asamblea; decidieron llamar a la diosa extranjera Astarté para que los librara. Ella accedió y, mediante su lujuriosa belleza, logró llevarse al Mar tras de sí. De esta manera fue como se retiraron las aguas de Egipto.

Veamos las relaciones simbólicas entre ambos relatos. En esta última versión egipcia, Astarté demuestra su conocida naturaleza ambivalente como diosa del amor y de la guerra (como la diosa Kama Mara hindú, que también aparece como un ser masculino); vista en Egipto como Sejmet, la lucha tenaz (cuyo símbolo heráldico es el león), y como Hathor, el amor, que a veces es representada con un cuerpo acuoso. Las aguas de los manantiales en los textos antiguos eran emblemas del placer sensual asociado con la mujer – Mito de Gilgamés, Tablilla I: col. III; cp. Cantar de Cantares 4: 12 – Al igual que las desembocaduras de los ríos, se las entendía como la “matriz” de la Madre Tierra o como la “vulva” de la tierra (acadio: Ka-pú).

En paleohebreo la palabra para “pozo” o “fuente” – hebreo: Be‘ér – tenía la misma raíz que el término para “esposa”, beú´láh). Cabe mencionar que Astarté es la versión fenicia de Ishtar, la Venus mesopotámica, la que desafía al sol (como Lucifer, en la mitología hebrea tardía) y a quien se la ve como la dama más brillante.
Desde antaño fue asociada a la estrella Golondrina, que está justo sobre el Éufrates, y con la estrella del Carro, que está por encima del Tigris. Por ello, en su condición de guerrera, cual Diana latina a quien Zeus obsequia las armas, se la representaba sobre un carro tirado por siete leones dorados.

Si bien el mito egipcio nos habla de una inundación, su estructura en poco se parece a los clásicos temas del Diluvio. Más bien parece un himno al dios Set, que habla de sus dominios en territorios extranjeros. Algunos han querido ver en esta narración una interpretación de tipo histórico que mostraba alguna clase de supremacía por parte de los Pueblos del Mar, que tanto preocupaban a los faraones. Otros, han preferido interpretarla como una reminiscencia del mito diluvial.

Lo mismo ha ocurrido con la configuración de la constelación de Argos y su estrella principal, Canopus, detalle al que volveremos luego, donde aparece Osiris como un niño o como un muerto sobre un arca (barca o nave, similar a la de Jason y los Argonautas).
Ante lo expuesto, ¿no se pueden tomar estos relatos como narraciones egipcias del Diluvio? Estructuralmente, ¿en qué difieren de los relatos semitas del Diluvio? ¿Qué nos revelan estos mitos acerca del pensamiento ontológico arcaico y su relación con el Cosmos? A continuación, expondremos algunos mitos del Diluvio asiáticos para establecer comparaciones y diferencias.

El mito del Diluvio según los textos semitas

La desintegración de un mundo por aguas y la aparición de otra época renovada es un tema preferido de las mitologías antiguas. Tanto en Mesopotamia como en Palestina se registran (en los textos acadios y en el Antiguo Testamento) mitos diluviales donde las similitudes entre ellos son sorprendentes. Veamos algunos ejemplos.

1) El Diluvio de Atrajasis: Esta corta narración de dieciséis líneas ha sido hallada en Nínive por G. Smith. Su traducción, a pesar del mal estado de la tablilla, nos revela una conversación entre el dios Ea y el héroe Atrajasis. El dios le ordena construir una embarcación, en la que debe guardar a su parentela y sus animales.

La historia es completada por otra versión encontrada en Sippar.

Allí, el dios Enlil (el aire o la montaña cósmica) provoca un Diluvio, molesto por los ruidos que producen los hombres. Según el texto de Hilprech, quien piensa que el mito se remonta al segundo milenio antes de Cristo y tiene un rasgo narrativo similar al monoteísmo, muestra cómo se conservó la vida de los tripulantes del bajel luego de la inundación.

2) La epopeya de Gilgamés: En la tablilla XI, que data del primer milenio, pero la historia sin duda es muy antigua, se relata como el heroico Gilgamés, quien desea conocer el secreto de la vida eterna. Para ello, visita al anciano Utnapishtin, que fue sobreviviente a un Diluvio provocado por los dioses.

3) El relato de Beroso: el relato de Beroso (posiblemente compuesto en el siglo III a. C., aunque llega hasta nosotros tardíamente mediante una copia medieval del siglo IX), nos cuenta sobre el héroe Ziuzudra (mencionado en las fuentes sumerias; Kramer, 1963: pp. 328-31) y de cómo sobrevivió a un Diluvio con la ayuda de una embarcación, gracias a la advertencia del dios Cronos (la influencia griega en el motivo babilonico es obvia).

4) El Diluvio del Génesis: Existen dos relatos del mito del Diluvio en La Biblia. Uno es conocido como la tradición Yavista (J). Su composición literaria podemos fecharla durante el primer milenio antes de Cristo. El otro documento se conoce como la tradición Sacerdotal (P). Este último posiblemente date del tiempo del exilio de Israel en Babilonia, de quien seguramente tomó algunos aspectos temáticos y culturales adaptados al monoteísmo.

Pero más allá de estos tecnicismos, ambos relatos (que se hallan superpuestos como sí fueran solo uno; Génesis: 6-8) nos cuentan lo mismo: cómo Noé sobrevivió también al Diluvio por medio de la construcción de un Arca flotante. En este caso, la destrucción fue provocada por el mismo Yahvé para castigar a un mundo impío.

Ahora bien, si comparamos estos relatos entre sí veremos que su tema nuclear se relaciona naturalmente.

Primero: todos los textos nos hablan de una destrucción provocada por los dioses (difiere la razón moral).

Segundo: El Diluvio fue universal y no local.

Tercero: Todos los hombres perecieron menos los tripulantes de la embarcación.

Cuarto: En todos los casos expuestos se conservan animales.

Quinto: Las aguas utilizadas por los dioses fueron aguas primigenias o abismales y no licor ni aguas marinas.

Si cotejamos los textos citados con los mitos de la destrucción de la Humanidad en la versión egipcia, notaremos que las diferencias son obvias.

Por ejemplo, en ambas narraciones expuestas al comienzo, la inundación en Egipto fue local. Por otro lado, en el mito de Re y Hathor, los hombres son ahogados con licor y no con aguas primordiales suspendidas. Por último, en el mito del “Mar voraz” no se destruye a la Humanidad, sino que posiblemente revele, en lenguaje simbólico, una lucha histórica entre el poder faraónico y los Pueblos del Mar. En ningún caso se nos habla de una embarcación ni de la conservación de la especie animal.

Sexto: Los mitos del Diluvio semita siempre ocurren como rito de iniciación, transforman y renovación del mundo para una existencia original.

Con el motivo egipcio sólo se puede trazar una línea análoga con los textos de Ugarit conocidos como el ciclo de “Ba‘lu y el Mar” (KTU I, 23), donde Ba‘lu (Baal) vence a Yam (Yammu), el mar impetuoso. Lo que posiblemente revele las fluídas relaciones entre Egipto y Fenicia.
Entonces, ¿a qué responde en Egipto la ausencia de un mito definido del Diluvio? Es plausible que se deba a las diferentes concepciones del Cosmos entre estos últimos y los habitantes del Asía occidental.

El determinismo Mesopotámico y la renovación cósmica

A diferencia de Egipto, la hierofanía solar entre los pueblos que habitaban a orillas del Éufrates era de una importancia secundaria. Los pueblos de la llanura del Sinar (nombre arcaico para Mesopotamia), adoraban principalmente a la Luna (el dios Nama Sin, el iluminador de la noche).

La Luna, como astro, es cíclica: crece, se desarrolla y entra en un estado de decrepitud, para finalmente desaparecer como en la muerte; oscuridad necesaria de donde renacerá renovada y transformada – nótese que hasta el día de hoy se le llama “Luna Nueva” -. Notamos, entonces, que la Luna es más rica en polivalencias que el Sol. Sabemos que existía desde antaño una solidaridad entre el ciclo vital selénico y el nacimiento, adultez y vejez humana, hasta desaparecer en la muerte (casa del polvo). Por eso, en la mitología griega, Hécate era la antigua diosa lunar con tres cabezas (Hécate, Diana y Procerpina) y, al parecer, corresponde a las tríadas estatuarias del período Neolítico halladas en Anatolia (período prehitita), en representación del ciclo de la vida. En otras palabras, Mesopotamia fue un punto de partida para el desarrollo de una escatología resurreccionista (Occidente) y transmigratoria (Oriente) de las almas de los difuntos que, al igual que la luna y sus fases, estaban sujetas a su destino (del súmero me [< sánscrito mido, “medir”]) irremediable (Nam-Tar, “determinación”): la desintegración en la quietud de la muerte.
Ahora bien, si los dioses no podían librarse de tan miserable destino ¿Qué podía esperar el hombre?. Para el universo mesopotámico nada era demasiado bueno o demasiado malo; la muerte era sólo una etapa necesaria para dar lugar a la transformación y la consecución de la vida. El mito titánico de la lucha entre el Dios demiurgo Marduk y la serpiente primordial Tiamat, lo deja bastante claro (Enuma-elis, Tableta IV, líneas 135-140).

Marduk degüella a Tiamat en feroz combate. Como si fuera un pescado, con su espada la troza en dos (el trozar los cuerpos, en la mentalidad oriental, simbolizaban recrear u organizar nuevamente el cosmos); con una parte crea las redes de los cielos y con la otra crea los fundamentos de la tierra. Ahora bien -y ésto entendido en lenguaje místico-, el hombre de la Mesopotamia vivía y desarrollaba su actividad sobre el cadáver simbólico de una madre monstruosa y muerta; su única esperanza era yacer nuevamente en su vientre. Esto era visto en la India como la contracara de la diosa Durga: Kali, la madre negra; quien por un lado mataba a sus víctimas decapitándolas y absorviendolas en su seno (la diosa Ganga era vista como una madre que reabsorbía a las formas para reintegrarlas al absoluto – Brahman-. Nótese como ejemplo la práctica de arrojar a los cadáveres a las aguas del Río Ganges) y, por otro lado, les proveía de protección y vida renovada transformándolos en otro estado de existencia.

En síntesis, para la ontología antigua, tal como el hombre y la luna tienen un ciclo, su desintegración es necesaria para la perennidad del mundo. De la misma manera, la tierra conocida, su cosmos, tiene una secuencia vital que debe renovarse en diversos eones, yugas o épocas periódicas, para el sostén del universo.

Los diluvios son los medios adecuados para que el mundo vuelva a su origen, al líquido amniótico de las aguas primeras (simbolizado en los enterratorios donde el difunto era colocado en posición fetal): el Eterno Retorno. Por otra parte, las aguas son símbolos de desintegración y renacimiento renovado similar al bautismo cristiano, que inicia al neófito en un camino consagrado.
Cuando Yahvé eligió a los israelitas como su pueblo y los sacó de la esclavitud de Egipto, los hizo pasar por las aguas del Mar Rojo. Isis concibe a su vástago Horus cuando su esposo Osiris está flotando muerto en las aguas del Nilo.

Las aguas también son solidarias con la Luna y el elemento femenino. El dios sumerio Sin era figurado con una barba larga y cuadrada de color azul lapislázuli, símbolo del cielo estrellado y las aguas femeninas. Es interesante notar que en la iconografía cristiana a María, por lo general, le pintan sus vestidos de color azul lunar. La misma asociación aparece en el Nuevo Testamento en Apocalipsis 12: 1, 2, que nos habla de una mujer parada sobre la luna.

Teniendo en cuenta estos datos, veamos las diferencias fundamentales con relación a la cosmología egipcia; y nos daremos cuenta, él por qué de la ausencia de un mito del Diluvio al estilo bíblico-oriental.

La estabilidad del universo egipcio y las paradojas de tiempo y espacio

En primer lugar, tenemos que advertir el principal problema egipcio sobre la concepción cosmogónica. Disponemos tan sólo de fragmentos testimoniales sobre sus ideas primordiales, conservadas en diversas colecciones. Sus relatos de la Creación aparecen en contextos de diversos temas: textos rituales o funerarios, himnos, escritos sapienciales, etc. Era imposible para el teólogo egipcio, como lo sigue siendo para nosotros hoy, reconstruir una secuencia de sus mitos de creación debido a la naturaleza de un material altamente contradictorio.
Sin embargo, es bueno tener en cuenta dos detalles: en primer lugar hay que advertir que los mitos egipcios tienen una “coherencia” interna propia, en tanto y en cuanto los interpretemos dentro de un marco simbólico. En segundo lugar, siempre se deben entender las descripciones egipcias en los límites de un contexto local y geográfico y su consecuente estructuración existencial. La diferencia entre los paisajes ya era entendida por los antiguos (Deuteronomio XI: 10-1) y sirvió para oponer ideas (coincidentia oppositorum). En otras palabras, los relatos míticos hay que considerarlos por sí mismos en referencia a su propio territorio y siempre dentro de un marco mágico-religioso.

Ahora bien, el siguiente mito cosmogónico nos pondrá de relieve sus aparentes incongruencias y sus particularidades con relación al espacio-tiempo y, por lo tanto, nuestra imposibilidad de acceder a una narración diluvial más o menos ordenada, según las encontramos en los relatos semitas, quienes entendían el paso del tiempo como ciclos de emanación y reabsorción.

Examinemos el siguiente ejemplo. Existe una serie de láminas (A. Mariette, Dendérah, III: lám. LXXVIII) en donde una de ellas muestra “los miembros crecientes del Dios sol”. Allí aparece una oscura figura embrionaria: vemos que los dioses Shu y Tefnut son mostrados en su condición de vástagos. Cerca de este motivo, el niño Osiris en el arca, como se mencionó más arriba, flota en el océano celestial de Nut. Seguidamente aparece Ihet, la vaca nodriza cuyo cuerpo es el “Gran Diluvio”, cuna del sol recién creado, y Hu sosteniendo un huevo primordial (¿Gueb, el huevo?); para finalmente terminar con un rostro celestial visto de frente (la única figura que en la lámina descrita, se encuentra en esta posición) con una flor de loto asomando sobre su cabeza, en pleno desarrollo de creación.

En esta representación se puede ver un mensaje críptico, que se lee de izquierda a derecha y viceversa. Como si el motivo tuviera una movilidad que combinara lo sutil con lo concreto en un mismo plano. Ésto, analizado a simple vista, podría dar la idea de un ciclo temporal similar al de las concepciones semitas, pero si lo observamos más detenidamente nos pondrá de relieve la complejidad de la trama.
Es interesante el dato de que, en el lenguaje místico representado posteriormente en términos paradigmáticos en la mitología hindú y en los símbolos cabalísticos medievales, los rostros “de perfil” (“rostro de Dios”) eran emblemas de lo que aún no se había manifestado, aquel que en sí-mismo contiene todas las potencialidades de las emanaciones del Ser; en tanto, el rostro “de frente” significaba la epifanía plena de la entidad creadora, como cierre de la escena.

Sin embargo, el loto a medio crecer puede que simbolice el camino del estanque de agua y el nacimiento del disco solar, pero también nos recuerda al séptimo chakra del yoga Kundalini: sahasrara padma o “Loto de los Mil Pétalos” (Brahma nació de un loto que creció en el ombligo de Visnú). Aquella manifestación más allá de la cabeza, similar a la representación del hieroglífico para ka (dos manos levantadas, como la vemos en la estatua del rey Autibra-Hor I con el símbolo del ka está sobre su cabeza), es posible que sea homóloga a la que aparece frecuentemente en el lenguaje esotérico (la llama sobre los Budas o la aureola sobre los santos cristianos). Algo así como el mismo proceso de evolución hacia el absoluto en su secuencia inversa, que a pesar de que la creación ha llegado a un grado de desarrollo sumo (rostro de frente) aún se encuentra en un estado de proceso creacional (flor a medio crecer). Es decir, que ambas secuencias comparten el mismo plano temporal creando en sí mismo una paradoja.

Por otro lado, la representación de Osiris sobre el Arca o caja ornamentada: se puede ver a un Osiris-niño (Horus) como también a un Osiris-viejo (forma no nacida de Horus), un ser que encierra en sí todas las dimensiones temporales de una existencia. La misma relación la encontramos en la cultura hebrea, cuando la literatura apocaliptica nos quiere decir que Yahvé es un ser sin tiempo y lo describe como “El Anciano de días”.
¿Podemos tomar las láminas de Déndera como evidencia de la concepción de era cíclica, o que en el pasado ocurrió un Diluvio universal en la mitología egipcia?. Todavía no poseemos suficiente base para afirmarlo, aunque sabemos que su cosmología se apoyaba sobre un universo acuoso.

Una posible respuesta de esta carencia quizá este en considerar la estabilidad del cosmos líquido egipcio, teniendo en cuenta su manera de entender el tiempo.
Al igual que la cosmogonía babilónica, en el origen egipcio todo era aguas primigenias (Nun, creación ex Deo). Como el Océano griego que rodeaba la tierra, así las aguas caóticas eran simbolizadas por la serpiente que se muerde su cola, Apofis, la que rodeaba la plataforma terrestre. Sin embargo, su mitología carece de enfrentamientos titánicos (titanomaquia). Aquí notamos que la teología egipcia toma otro rumbo.

En medio del espacio del no ser se origina el milagro circular del ser, plasmado en un universo ordenado, tanto de los dioses como de los hombres. Es como una suerte de océano “osiríaco” que da la existencia activa a los seres y desde donde proceden todas las formas movientes, siendo también fruto suyo las fuentes del Nilo, i.e., de la vida misma.

Aquí no encontramos un planteo de la problemática que generan las relaciones entre los elementos, sólo existen dos estados: lo increado y lo creado (lo increado como símbolo de la virtualidad del Ser todavía no manifiesto). Una dualidad sustantiva tal como la planteara Heráclito, pero que ejerce tensión sin ceder una sobre otra.
El cosmos egipcio, al igual que su astro principal, el Sol, estaban en constante movimiento; pero también en una clara amenaza de desaparecer, de ser destruido todo el orden establecido por los dioses. El no ser acecha eternamente al ser. Un solo descuido, un solo rito mal efectuado, una sola construcción en falta armónica con la medida “matemática” del Cosmos, pone en peligro la entera estabilidad universal.

Aquel macrocosmos era asimilado solidariamente con el ciclo solar. El sol, cuando navegaba por las noches en la barca del Nilo subterráneo corría grave peligro de ser vencido por un sinfín de monstruos que habitaban en aquellas misteriosas aguas. Nótese que el sol no moría del mismo modo como lo hacía la luna, cuyo círculo cambiante era visto como un ojo que se restituía de su herida.
El sol interrumpía su ciclo vital manifiesto cuyo disco volvía a lo increado, para continuar seguidamente en otro estado sutil, su ba. El ba del Sol debía regresar al disco cada amanecer, que era una nueva Creación, y salir victorioso contra las fuerzas de la tenebrosidad. No en balde los romanos heredaron el culto al “sol invicto” (natalis solis invicti), cuyo nuevo nacimiento era motivo festivo en las Saturnalias.

En otras palabras, para la teología egipcia el Diluvio todavía no ocurrió, estaba en estado latente, en su plena potencialidad temporal. El peligro de que en cualquier momento las aguas del abismo que los rodeaba por los cuatro extremos del mundo, el Nun, fueran libradas y cegaran la vida en la tierra era una realidad con la que debían vivir a diario. Este fenómeno era recordado en cada absorción y reintegración del ciclo diario solar (atardecer-amanecer; día -noche).

Esta idea cosmogónica, tal vez explique en parte la ausencia de un mito sobre una destrucción pasada. Su idea del Tiempo, hasta donde sabemos, no era establecida por ciclos de integración y reabsorción de las eras, sino que sus secuencias del transito bio-cósmico eran entendidas como paradojas alternarias que se superponían sobre sí mismas.

A diferencia de otros sistemas mitológicos, en donde el Fin del Mundo ocurrió en el pasado – y eso nos habla que de la misma manera será inevitable en el futuro (que ya estaba predeterminado) -, no era así concebible para el egipcio, quien vivía el “Hoy“, donde la última palabra no estaba dicha, tratando de detener la devastación, el “Diluvio Universal”, manteniendo el eterno Orden cósmico por medio de fórmulas y rituales mágicos. (*)

(*) Fuente:Sergio Fuster, “Egipto y el diluvio Universal. Un análisis comparado del Mito Cataclísmico“.

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