Los números místicos 7 y 9

Por Eliade Mircea

La identificación del Árbol Cósmico de siete ramas con los siete cielos planetarios se debe indudablemente a influencias de origen mesopotámico. Pero, esto no quiere decir que la noción del Árbol Cósmico = Eje del Mundo haya llegado a los Turco-Tátaros y a los demás pueblos siberianos mediante influencias orientales. El ascenso al Cielo a lo largo del Eje del Mundo es una idea universal y arcaica, anterior a la idea del paso por las siete legiones celestes (= siete cielos planetarios), que sólo pudo extenderse en el Asia central mucho tiempo después que las especulaciones mesopotámicas sobre los siete planetas. Es ya conocido el hecho de que el valor religioso del número 3 —simbolizando las tres regiones cósmicas— ha precedido al valor del número 7. Se habla también de nueve cielos (y de nueve dioses, nueve ramas del Árbol Cósmico, etc.), número místico que se explica según todo hace pensar como 3 X 3, y que debe considerarse, en consecuencia, como parte de un simbolismo más arcaico que el revelado por el número 7, de origen mesopotámico.
El chamán escala un árbol o un poste que tiene siete o nueve tapty, y que representan los siete o nueve niveles celestes. Los “obstáculos” (pudak), que tiene que vencer» son en realidad, los cielos que el chamán debe atravesar. Cuando los Yakutes hacen sacrificios cruentos, sus chamanes yerguen al aire libre un árbol con nueve peldaños (tapty), y lo suben, para llevar la ofrenda hasta Aitojon. La iniciación de los chamanes sibo (emparentados con los tungusos) exige, como hemos visto, la presencia de un árbol con peldaños; otro, más pequeño, labrado con nueve tapty, lo guarda el chamán en su yurte (Harva: Relig. Vorstell., p. 50). Un signo más para mostrar su facultad para el viaje extático por las regiones celestes.
Los Pilares Cósmicos de los Ostiacos llevaban siete cortaduras. Los Vogules imaginan que se llega al Cielo subiendo una escalera de siete peldaños. En toda la Siberia del sureste es general la concepción de los siete cielos. Pero no es la única conocida: la imagen de nueve niveles celestes, o aun de dieciséis, diecisiete e incluso treinta y tres cielos no está menos extendida. Como veremos muy pronto, el número de cielos no está en relación con el número de los dioses; las correlaciones entre el panteón y el número de los cielos parecen en ocasiones bastante artificiosas.

Entre los Altaicos se habla tanto de siete como de doce, dieciséis o diecisiete cielos (Radlov: Aus Sibirien, II, pp. 6ss.); entre los Teleutes, el árbol chamánico tiene dieciséis cortaduras, que representan otros tantos niveles celestes (Harva: Relig. Vorstell., p. 52). En el cielo más alto habita Tengere Kaira Kan, “El Emperador misericordioso Cielo”, en las tres regiones inferiores se hallan los tres principales dioses producidos, mediante una especie de emanación, por aquél: Bai Ulgán vive en el decimosexto, en un trono de oro que hay sobre la cumbre de una montaña áurea; Kysúgan Tengere, “El Muy Fuerte”, en el noveno (no se proporciona nin* gún informe acerca de los habitantes del decimoquinto al décimo cielo); Mergen Tengere, “el Omnisciente”, vive en el séptimo, donde se encuentra también el Sol. En los demás pisos inferiores residen el resto de los dioses y gran número de otros seres semidivi-nos (Radlov, op. cit., pp. 7 ss.).
Entre los Tátaros de Altai, Anochin encontró una tradición totalmente distinta (Materialy, pp. 9ss.)’: Bai Ulgán, el dios supremo, habita el cielo supremo —el séptimo—; Tengere Kaira Kñn no desempeña ningún papel (ya hemos advertido que está a punto de desaparecer de la actualidad ‘religiosa); los siete Hijos y las nueve Hijas de Ulgán viven en los Cielos, pero no se precisa en cuáles.

El grupo de siete o nueve Hijos (o “Servidores”) del dios celeste se halla frecuentemente en el Asía central y septentrional, tanto entre los Ugrios como entre los Turco-Tátaros. Los Vogules conocen Siete Hijos del Dios, los Vasyugan-Ostiacos hablan de Siete Dioses distribuidos en Siete Cielos: en el más alto está Num-tórem, a los otros siete dioses se le llama “Los Custodios del Cielo” (Tó-rem-karcvel) o “Los Dolmetchers del Cielo”. Entre los Yakutes se encuentran también un grupo de Siete Dioses supremos. En la mitología mongólica se habla, por el contrario, de “Nueve Hijos del Dios” o “Servidores del Dios”, que son al mismo tiempo dioses protectores (sulde-tetigri) y dioses guerreros. Los Buriatos conocen incluso los nombres de estos nueve Hijos del Dios supremo, pero tales nombres varían de una región a otra. El número nueve aparece también en los rituales de los Chuvaches de Volga y de los Cheremís (Harva: pp. 162 ss.).

Además de estos grupos de siete o nueve dioses, y de las respectivas imágenes de siete o nueve cielos, se hallan en el Asia central grupos aún más numerosos, como los treinta y tres dioses (tenge-ri) que habitan Sumeru, y cuyo número de origen podría ser hindú (Harva, p. 164). Verbitzki halló entre los Altaicos la idea de treinta y tres cielos y Katanov la encontró igualmente entre los Soyotes (Harva: p. 52); sin embargo, la frecuencia de este número es sumamente limitada, y cabe suponer que es una importación reciente y de probable origen hindú. Entre los Buriatos el número de dio ses es tres veces mayor: 99 dioses, divididos en buenos y malos y distribuidos por regiones: 55 dioses buenos en las regiones suroeste, y 44 malos en las noreste. Estos dos grupos de dioses luchan desde hace mucho tiempo entre sí. Los Mongoles conocían también antiguamente 99 tengri (Harva: p. 165). Pero ni los Buriatos ni los Mongoles pueden decir nada preciso acerca de estos dioses, cuyos nombres son oscuros y artificiales.

Debemos recordar, sin embargo, que la creencia en un Dios celeste supremo es originaria y muy antigua en el Asia central y las regiones árticas (véase nuestro Traite, pp. 63 ss .); igualmente antigua es la creencia en los “Hijos de Dios”, aunque el número siete represente una influencia oriental y, por lo tanto, reciente. Es probable que la ideología chamaluca haya desempeñado cierto pape! en la difusión del número 7. Al. Gahs cree que el conjunto mítico-cultural del antepasado lunar tiene relación con los ídolos con siete cortaduras y el Árbol-Humanidad de siete ramas, y también con los cruentos sacrificios periódicos y “chamanistas”, de origen meridional, que han sustituido a los sacrificios incruentos (ofrendas de la cabeza y de los huesos a los dioses celestes supremos). Sea como fuere, entre los Yurak-Samoyedos, el Espíritu de la Tierra tiene siete hijos y los ídolos (sjaadai) poseen siete caras, o una cara con siete cortaduras o sólo siete incisiones; y estos sjaadai están relacionados con los árboles sacros. Ya hemos visto que el chamán lleva en su indumento siete campanillas, que representan las voces de las Siete Hijas celestes (cf. Mikliailovski: Sha-manism, p. 84). Entre los Ostiacos del Yeniseí, el futuro chamán se retira a la soledad, cuece una ardilla voladora, la parte en ocho pedazos, come siete y tira el octavo. Al cabo de siete días vuelve al mismo lugar y recibe una señal que decide su vocación. El número místico 7 desempeña con toda probabilidad un papel de importancia en la técnica y el éxtasis del chamán, porque, entre los Yurak-Samoyedos, el futuro chamán yace siete días y siete noches inconsciente, mientras los espíritus lo despedazan y proceden a su iniciación (Lehtisalo, p. 147); los chamanes ostiacos y lapones comen setas con siete manchas para conseguir el trance; el chamán lapón recibe de su maestro una seta con siete manchas (Itkó-nen, p. 159); el chamán yurak-samoyedo posee un guante de siete dedos (Lehtisalo, p. 147); el chamán ugrío tiene siete espíritus auxiliares (Karjalainen, III, p. 311), etc. Se ha podido demostrar que, entre los Ostiacos y los Vogules, la importancia del número 7 es debida a influencias precisas del Antiguo Oriente,88 y está fuera de duda que el mismo fenómeno se ha producido también en el resto del Asia central y septentrional.

Lo que importa a nuestra investigación es que el chamán parece poseer un conocimiento más directo de todos estos cielos y, por tanto, de todos los dioses y semidioses que los habitan. En efecto, si él puede entrar sucesivamente en todas las regiones celestes, es porque le ayudan sus habitantes y, antes de poder hablar con Bai Ulgán, conversa con los otros seres celestes y les pide apoyo y protección. El chamán demuestra igual conocimiento experimental en lo que atañe a las regiones del mundo subterráneo. Los Altaicos conciben la entrada del Infierno como una “Abertura para el humo” de la Tierra, y se halla, desde luego, en el “Centro” (al norte, según los mitos del Asia central, que corresponde al Centro del Cielo [Harva: Relig. Vorstell, p. 54] porque, como se sabe, el “norte” se identifica con el “centro” en toda el área asiática, desde la India a la Siberia). Por una especie de simetría, se ha imaginado que el Infierno tiene el mismo número de regiones que el Cielo: tres, entre los Karagases y los Soyotes, que reconocen tres ciclos; siete o nueve para la mayoría de los pueblos del Asia central o septentrional. Hemos visto que el chamán altaico franquea sucesivamente los siete “obstáculos” (pudak) del Infierno. Efectivamente, es siempre él, y sólo él, el que dispone de un conocimiento experimental de los Infiernos, porque ha entrado en vida, igual que sube y baja los siete o nueve cielos.

Fuente: El Chamanismo y las técnicas del extasis.

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