Los colmillos de la serpiente

Por Manuel Seral Coca.

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«Los primeros cálculos del tiempo se centraban en la revolución de la serpiente alrededor de la estrella-perro(Sirio).»

Ciertamente, la serpiente ha sido un símbolo arcano para el hombre, y no solamente por su asociación con Lucifer.
En nuestro trabajo presentábamos a la serpiente como tentadora, aquella que ofrece al hombre las manzanas del Árbol ¡agrado y con ellas la Sabiduría. Pero el derecho a comer de tal ruto no puede ser regalado sino conquistado y el hombre sucumbe ante el secreto de la serpiente.
También hemos hablado de los dioses-pez, cuyo cuerpo escamoso los haría equiparables a los misteriosos dioses-serpiente, poseedores de grandes conocimientos, de los que hablan velada-mente algunas tradiciones y de los que se dice que fueron exterminados por los dioses en la noche de los tiempos, quedando tan sólo algunos miembros aislados y ocultos y restos de sus conocimientos, entre los que estarían el símbolo de la pirámide y el culto del fuego interior. Tal vez esas enigmáticas tradiciones puedan referirse a una raza que veneraba el símbolo de la serpiente y cuya cultura quedó bajo las aguas… Tal vez, solo tal vez, estemos hablando de esa mítica civilización conocida como «Atlántida», de la que se dice que nos legó a ambos lados del océano los símbolos mencionados.
Suponiendo que la Atlántida ocupara aproximadamente el lugar que ocupa hoy el océano Atlántico y que fueran ciertas las tradiciones que nos hablan acerca- de grupos o «colegios» de iniciados que, presintiendo el cataclismo, emigraron con sus conocimientos hacía puntos como Sudamérica, Egipto, Tibet o elnorte de Europa —punto de partida de las corrientes llamadas arías—, tal vez podríamos comprender cómo símbolos tales como las pirámides o las serpientes se han extendido tanto.
En cuanto a la extraña guerra de los cielos, debo confesar que a veces, me producen un estremecimiento palabras como las de Charles Fort:

«Creo que somos bienes, accesorios, ganado…»

O las de Grady Mc Murty, califa de la Ordo Templi Orientís:

«Le diré lo que pienso. Hay una guerra en el cielo. Las inteligencias superiores, quienes quiera que sean, no están jugando todas en el mismo bando. Algunas de ellas están intentando alentar nuestra evolución hacia niveles superiores, y otras desean mantenernos clavados exactamente donde estamos.»

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Pero no divaguemos y volvamos a nuestra «amiga» la serpiente. Entre los aztecas aparece este animal vinculándose a su gran deidad, Quetzalcoalt, precisamente un dios instructor o civilizador, cuyo emblema es la serpiente emplumada. ¿Una serpiente voladora? Tal vez no se trate de supuestos aparatos espaciales, como quieren pretender algunos que ven ovnis por todas partes, sino una insinuación acerca de la capacidad de ascender de cierta serpiente ya mencionada que tiene mucho que ver cor la transmutación.
Aparece igualmente la serpiente en un grabado azteca hallado en Tepantitla y que data aproximadamente entre los años 300 y 600 d.C, mostrando un alma que visita el Paraíso. Robert Graves, en Los dos nacimientos de Dionisos, hace una interesante descripción de este fresco:

«… un río (lleno de peces) bordeado de flores y árboles enjoyados, mariposas de colores brillantes y una serpiente espectacular. El alma permanece arrobada, llora de felicidad y asombro. Su cuerpo está unido al río por un hilo azul. El río tiene la forma de un hongo y desde su fuente —el centro de la cabeza del hongo-acecha Tlaloc, dios de los misterios, en forma de sapo con el agua brotando de su boca. Tlaloc, quien a menudo usaba un tocado en forma de serpiente, era también el Dios del relámpago…»

La interpretación del cuadro resultará reveladora para nosotros y resultará interesante, ya que se trata de algo obviamente muy anterior al «descubrimiento» de América.
Los ocultistas asocian a menudo el plano astral o el reino de las almas con las aguas y con la subconsciencia. Las fuerzas subconscientes forman un gran mar, asociable al Yesod kabalístico, al que se hallan ligadas las almas y subconsciencias individuales. Vemos en el cuadro al alma unida al río con un fino hilo azulado, similar al «cordón de plata» que suelen describir los practicantes del viaje astral.
Vemos también mariposas, como las «psiques» griegas, representativas del alma, y flores, y una serpiente, custodiando el camino pero también coronando al dios de la última iniciación. La forma de hongo no es sino un símbolo de la deidad, puesto que los shamanes recurrían a menudo a la ingestión del hongo sagrado, de virtudes alucinógenas, para trascender la realidad cotidiana y acceder a planos superiores de consciencia, considerando al hongo, al igual que ocurre en la tradición cristiana, como la carne del dios mismo.

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Mito de Gilgamesh

 

Curiosamente, al otro lado del océano actual, nos encontramos no sólo a las pirámides, que gozaron de igual interés para los constructores aztecas, sino también a la serpiente, y especialmente a Uatzet, la serpiente enroscada cuya cabeza se alzaba desde la frente de su portador, coronando la cabeza de los dioses. Los faraones utilizaban un tocado similar y Uatzet era el emblema de la divinidad en ellos, como en el dios azteca Tlaloc muchos kilómetros de mar más allá. De hecho, la serpiente alzándose sobre la frente era un emblema del poder serpentino sublimado y transformado en el interior del iniciado -—no olvidemos que el faraón era también sacerdote y estaba iniciado en los Misterios— aportándole la iluminación, es decir, la influencia directa del poder divino.
El pueblo hebreo heredó probablemente de los egipcios durante su cautividad, su conocimiento del poder serpentino aunque presenta su símbolo exotéricamente como asociado al maligno. No olvidemos el juego con las serpientes y los bastones practicado por Moisés ante el faraón y su construcción en el desierto de una serpiente de bronce. Por otra parta ya hemos transcrito el texto de Jorge Adoum y su alusión a la Orden de Melquisedec y a su vinculación con el misterio de la serpiente. Los sumerios nos hablan también de su héroe, Gilgamesh,  quien fracasa al enfrentarse con la serpiente. Gilgamesh, tras visitar la maravillosa Babilonia, se sumerge en el mar y recupera la hierba de la inmortalidad, pero ésta le es quitada por la serpiente. Resultan muy visibles en esta leyenda algunos símbolos con los que ya hemos trabajado y su significado se mantiene idéntico.
Algunos historiadores de los primeros tiempos del cristianismo enlazaban la idea de la victoria sobre el poder serpiente con el propio Jesucristo, como expondrá Robert Graves:

«… predicaban que Jesucristo, un segundo Adán, vivía permanentemente en el Paraíso, habiendo expulsado a la serpiente…»

Plinio, en su Historia natural, habla de dragones que llevan una piedra preciosa en la cabeza; lo mismo afirmarán san Isidoro, Solin y Filostrato, informando este último que en la India la cabeza del dragón lleva una piedra de propiedades mágicas. Probablemente se nos esté hablando de nuevo de la serpiente interior y del resultado que produce su elevación, dando lugar a la aparición de una joya o piedra preciosa en lo más alto de ella, en su cabeza, situándose ésta en la zona que corresponde a la cabeza del iniciado y a los chakras superiores. ¿Cuál es esa piedra preciosa? Sin duda el verde color de la serpiente podrá darnos una pista porque se trata de la esmeralda, una piedra I que, como la serpiente, se asocia a nuestro viejo conocido: Lucifer. Volveremos más adelante sobre esta piedra.
Babilonia vuelve a traernos el mito de la serpiente cuando [ presenta a su dios Marduck venciendo a la serpiente Tiamat  para que así pudiera la creación nacer de su sangre, como nacería en la mitología grecorromana del Urano castrado y su sangre, o en la escandinava de la sangre del gigante Ymir, o en la persa de la sangre del toro matado por Mitra… ¿Estamos planteando de nuevo el mito de la caída o manifestación con la í serpiente como personaje central?

Entre los primeros cristianos florecieron los grupos que querían combinar fe y conocimiento, tratando de reconciliar (en I lugar de combatir) las distintas corrientes filosóficas. Estos grupos, veneradores de Sophía (el conocimiento), se daban a sí mismos el nombre de gnósticos (de gnosis, conocimiento, Sophía deriva de sophos, saber). Entre los gnósticos podemos señalar a una secta denominada los ofitas, que combinaría ideas zoroastricas con una cierta veneración hacia las serpientes. Su estudio acerca de ellas les llevaba a conectarlas con las ideas de eternidad e inmortalidad (dos de las cosas simbolizadas tradicionalmente por este reptil), dada su facultad en cambiar de piel  mostrando un aparente rejuvenecimiento constante. Igualmente es símbolo de las fuerzas cíclicas ondulatorias y de la fuerza que puede ser usada dualmente, tanto para curar como para matar, lo que se muestra por el doble uso de su veneno. Demetrio Santos, en Investigaciones sobre Astrología, extiende algo más la conexión entre los gnósticos y el dragón-serpiente:

«Los gnósticos establecen una relación del dragón con el Caos, para ellos el dragón es el principio de todas las cosas.»

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Estamos hablando de identificar al dragón con la sustancia primordial, la materia esencial de la que se constituyó la manifestación, el Caos Primario, la Gran Madre, uno de cuyos aspectos es Natura, la gran fuerza verde… como la esmeralda. Mme. H. Petrovna Blavatsky, en su Isis sin velo, hace una interesante exposición acerca de la serpiente:

«En la serpiente se compendia toda la filosofía del universo. La materia está vivificada por el espíritu y ambos elementos desenvuelven del Caos (energía) cuanto ha de existir. El nudo en la cola de la serpiente simboliza la íntima latencia de los elementos en la materia cósmica.
Otro símbolo aún más importante es la muda de la piel de la serpiente… el hombre, al desprenderse de su cuerpo grosero y material, pasa a un estado nuevo de existencia con mayores facultades y más enérgica vitalidad.»

Y los antiguos griegos vincularon el símbolo de la serpiente con el dios Sol, Apolo. La serpiente Python, emisaria y emblema de Apolo, aportaba el espíritu de profecía. Las sybilas o pythonisas se encerraban en cuevas consagradas al dios, donde las visitaba el espíritu del mismo (la serpiente) condeciéndoles el don de profetizar el futuro. Dicho de otra forma, la serpiente era símbolo de fuerzas subconscientes que permitían trascender la realidad cotidiana y acceder a los secretos del futuro. Parece ser que en las cuevas existían emanaciones de gas que intoxicaban parcialmente a las videntes favoreciendo sus estados visionarios y provocando crisis histéricas. Al parecer estas emanaciones afectaban a la mujer en sus zonas erógenas, provocando una cierta excitación, lo que no se desdice con el simbolismo fálico de la serpiente.
La serpiente habrá de aparecérsenos vinculada a la sabiduría a la sexualidad, a la inmortalidad y/o a la Caída en mucha otras tradiciones.

Así en la India, Balarama, hermano de Krishna, encarna en una serpiente cuando muere y se pierde entre las serpientes (los nagas, de los que ya hemos hablado) del océano.
En Investigaciones astrológicas, Demetrio Santos extiende esta idea de la vinculación entre el alma del difunto y la serpiente, lo  que nos interesará recordar para futuras conexiones de un mismo mito, como expondremos:

«En China, los dragones están íntimamente ligados a la idea de la transmigración, y en Grecia los sepulcros tenían grabadas serpientes tutelares; también los druidas, cuyo emblema era la serpiente, profesaban la metempsicosis. En Roma, Egipto y otros pueblos antiguos las almas encarnaban en serpientes… También los mases (negros africanos) creen en la reencarnación de las almas en serpientes.»

Pero quizá es en los mitos cosmológicos de la creación donde la serpiente aparece con un papel más trascendental, y de paso nos recuerda al personaje que da título a esta obra: Lucifer. H. P. Blavatsky nos expone en Isis sin velo su conexión con los mitos escandinavos:

«Dicen los Eddas que es preciso concebirla (la Tierra) como un anillo o como un disco flotando en la neblina del océano celeste. Está circuida por Yórmangand, el gigantesco Midgard o serpiente que se muerde la cola, la culebra mundanal, símbolo de la materia dimanante de Ymir, compenetrada con el espíritu de los hijos de Dios que produjeron y modelaron todas las formas.»

Igualmente, en Isis sin Velo nos habla de las cosmogonías orientales, dónde aparecen viejos conocidos, los componentes polares, masculino y femenino, del primer par de opuestos:

«El mito de las cosmogonías orientales dice que en el principio sólo había agua (el Padre) y limo prolífico (Ilus o Hylé, la Madre) del que surgió la mundana serpiente (materia), símbolo del dios Phanes, el manifestado, la Palabra o Logos…
Phanes, el dios manifestado, está representado en el símbolo de la serpiente en forma de “protogonos” es decir, con cuatro cabezas respectivas de hombre, águila toro y león y alas en ambos costados… La serpiente mundanal es el año terrestre, mientras que la serpiente en sí misma, simboliza al Kneph, el dios inmanifestado, el Padre.»

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Las cuatro cabezas de «protogonos» resultarán familiares a más de uno, pues son los símbolos de la «cuatro elementos» una representación del mundo material, de lo manifestado en el plano terrestre, sensorial. Vemos a esos «cuatro animales sagrados» como formando parte del cuerpo de la Esfinge, dibujándose en algunas versiones de los arcanos mayores del Tarot o apareciendo bajo la forma de los cuatro «animales» de la bíblica visión de Ezequiel o de los cuatro «seres llenos de ojos» que en el Apocalipsis describe. Los ocultistas los reconocerán como los símbolos de cuatro de los signos zodiacales: Tauro (el toro, elemento Tierra), Leo (el león, elemento Fuego), Escorpio (el águila, elemento Agua) y Acuario (el hombre, elemento Aire). Indudablemente la relación entre símbolos es apropiada, pues los cuatro elementos, símbolos de lo manifestado, coinciden con uno de los simbolismos de la serpiente como sustancia primordial, análoga a la sangre derramada de la fuerza cósmica (Ymir, el toro de Mitra, Tiamat…) a partir de la cual se construye lo existente, la materia primordial o sustancia astral de la que se constituye lo existente… la serpiente como símbolo de lo concebido en el vientre de la madre primordial a partir de la sustancia prima, aquello que la gran madre representa, siendo un símbolo muy apropiado el de la sangre por la conexión entre, menstruación y procreación.

A modo de curiosidad, podemos señalar la presencia de estos animales en muchas otras tradiciones, entre las que podemos contar la tradición babilónica, dónde estos cuatro seres coinciden con los cuatro genios protectores. Transcribimos la descripción que de ellos nos da Jean Rivière:

« El Alap o Kirub, toro con rostro humano. El Lamas o Nirgal, león con cabeza humana. El Ustur, de apariencia enteramente humana. El Nattig, con cabeza de águila.»

Y para los acostumbrados a comprender el simbolismo hermético, podrían podrían ser interesantes las siguientes palabras de Fulcanelli en Las moradas filosofales, que veladamente se refieren a la misma sustancia de la que hablábamos:

«Se sabe que en hermetismo todas las serpientes son símbolos del Mercurio de los Sabios. El dragón celeste, alado, representa -al cuerpo volátil, y el dragón terrestre, áptero, designa el cuerpo fijo.»

También en la antigua Persia la serpiente forma parte del mito cosmológico. Volvemos con D. Santos:

«En la versión zoroástrica el hombre y la mujer son creados puros y sometidos a Ormuz; Ahriman los seduce igualmente en forma de serpiente, convenciéndoles de que el es el hacedor del universo, y lo es, en efecto, pues la serpieme es el fundamento del universo material»

Pero Demetrio Santos hace algo más que plantear la conexión entre la serpiente y su sustancia primordial, puesto que va más allá y plantea su conexión directamente con la imagen de la mujer como algo propio de las antiguas tradiciones, lo que nos llevaría a asociar de nuevo a la serpiente con la Diosa, con Natura y con la sangre primordial.
Parece ser que esta idea ha terminado por introducirse en las leyendas populares y, así, en Portugal se atribuye a una serpiente la herida que produce el primer flujo menstrual. En Irán se asociará igualmente la serpiente al flujo menstrual femenino. Todo ello volverá inevitablemente a conducirnos a relacionar esta corriente con la magia sexual, en cuya corriente la mujer adquiere un carácter primordial, casi de símbolo trascendente.
Citando a Demetrio Santos:

«Mujer y serpiente es una concomitancia onírica universal: en China soñar con un oso indica el nacimiento de un niño, el soñar con una serpiente el nacimiento de una hija. El signo determinativo de las diosas (sexo femenino) es precisamente la serpiente.»

Y citando a Jean Charles Pichón, en El hombre y los dioses:

«El acercamiento mujer-serpiente se ha impuesto, no obstante, en el transcurso de los siglos: se halla rastro de él entre los antiguos togos de África, en Guatemala, en la India y en la antigua Grecia, en Europa Central, en Inglaterra…»

Toda esta asociación vincula a la serpiente con la mujer y con el ciclo lunar, debido a la influencia de éste sobre la menstruación. El símbolo de la mujer, decíamos, forma parte de esta corriente secreta de sabiduría, como la Sophía gnóstica o las damas de los cuentos y leyendas medievales, custodiadas por feroces dragones que, no obstante, solían cuidarlas y respetarlas. La serpiente protectora o guardadora de la mujer se asocia con su sexualidad dormida, que no despierta hasta ser vencida la serpiente o, dicho de otro modo, hasta la aparición del ciclo menstrual que da lugar a la pubertad. Todo esto plantea nuevas conexiones entre mujer, Luna, serpiente y virginidad, elementos pertenecientes todos ellos a esta corriente. Volviendo con Demetrio Santos:

«Las serpientes sagradas de Epiro, de Frigia y de Lanuvium debían recibir el alimento de una mujer virgen, porque la virgen no es atacada por el dragón y por ello la serpiente era utilizada como medio de probar la virginidad.»

La mujer virgen se asocia a uno de los tres rostros de la Diosa aquel que en la mitología romana era representado por Diana, la Luna. Si la serpiente es un símbolo de la fuerza interior que conocemos como libido, obviamente su manejo deberá estar relacionado con el despertar sexual. La asociación de la serpiente con el ciclo menstrual la vincula con la idea de fertilidad, que corresponde al segundo rostro de la diosa, el de la madre fértil, asociado con Démeter, con Venus o con Natura. El tercer rostro de la Diosa es el de Hécate, la oscura, la hechicera, dándonos la clave de la tercera posible acción de la fuerza serpentina, que en lugar de ser reprimida o expresada es aquí sublimada, proyectada hacia el mundo de lo interno, despertando poderes y conocimientos ocultos, hacia el plano de la inmortalidad buscada por los héroes.

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Una cierta clave nos conecta con la astrología tradicional, volviendo a plantear esa doble dirección de la fuerza serpentina. Esta clave nos llevará a los símbolos del nacimiento de Cristo, al que se describe como naciendo entre un buey y un asno (o muía) —característica que no hace sino repetir los mitos más antiguos acerca del nacimiento de otros dioses o héroes—. Ambos animales corresponden a los signos zodiacales de Tauro y Capricornio y precisamente estos signos son los únicos cuyos símbolos se representaban en la antigüedad con la segunda mitad de su cuerpo en forma de una larga cola serpentiforme. Algunos astrólogos tratan de afirmar que se trata de una cola de Pez, pero, al margen de que a menudo los símbolos del pez y la serpiente son intercambiables en la tradición (ambos son escamosos, resbaladizos y evocan simbolismos del agua y de lo femenino), lo cierto es que la forma y longitud de esas colas en los antiguos dibujos y grabados resulta clara. Podríamos, pues, opinar que ambos símbolos hablan de la dirección de la fuerza serpentina aunque en distintos sentidos, y esa fuerza serpentina nace precisamente en la mitad inferior de su cuerpo para transformarse en aquello representado en la mitad superior, ya se trate de un toro o de un carnero o cabra.
Si nos centramos en Tauro, vemos que este signo marca el pleno esplendor de la Primavera, la explosión de la vegetación y el auge de Natura, expresando la manifestación exterior, hacia afuera, del poder vital. Es un signo de reproducción, de procreación, y por tanto expresa una manifestación, una proyección  exterior del poder sexual dirigiendo las fuerzas de la serpiente de fuego hacia la materia.
Capricornio, en cambio, marca el invierno, proceso interior, y la fecha del nacimiento de Cristo (25 de diciembre). Es un signo de interiorización y su mitad superior, la cabra, evoca a otro signo zodiacal, Aries, representado por el carnero, que se corresponde en el cuerpo humano con la cabeza. Expresa una canalización interior de la fuerza serpentina proyectándola hacia adentro, hacia la transmutación interna.
Esta fuerza erótica asociada a la mujer y a la serpiente aparece igualmente en el simbolismo de las sirenas, mitad mujeres y mitad peces de características serpentiformes. Su voz, oída por los navegantes, les obligaba irresistiblemente a aproximarse a ellas, a menudo con consecuencias fatales para los barcos, que chocaban contra los escollos.
Demetrio Santos plantea que en ocasiones la mitad inferior se transforma en un ave, manteniéndose el mismo simbolismo. Igualmente menciona a los señores de Lusignana, un pueblo vasco, que decían descender de un ser mitad mujer, mitad serpiente. Curiosamente, el pueblo al que pertenece esta familia se halla en el paso de un importante camino iniciático céltico que luego fue cristianizado con el nombre de «Camino de Santiago»-Dicho camino estaba consagrado al dios civilizador Lug y su esposa Lussina (observemos la evidente derivación fonética Lussina-Lussignana), de la que se decía tenía patas de oca. Precisamente los símbolos de estas deidades eran el laberinto, la serpiente, la espiral y la oca.

«Melusina necesitaba esconder sus pies porque ciertos días se transformaban en cola de serpiente o pescado en la leyenda ligur.»

Tal vez estemos hablando del período fértil en el ciclo femenino o del período menstrual, pero también estamos conectando el viejo mito de la mujer y la serpiente (la fuerza sexual) con el conocimiento entregado a los hombres, la iluminación, haciéndolos símbolos de la puerta de acceso a la transmutación. Y estos símbolos se conectan precisamente con otra de las : grandes zonas iniciáticas, el Languedoc (tierra de la «Lengua de oca»), donde florecieron los misterios iniciáticos célticos y donde mucho tiempo después, ya adentrado el cristianismo, floreció una corriente que representó una isla de cultura y civilización en una Europa medieval inculta y salvaje: los cátaros.
El catarismo nace en el Languedoc, conectando partes del sur de Francia y del norte de España, especialmente en la zona catalana. Esta cultura es sensiblemente diferente de las de su alrededor y probablemente bebió en tradiciones arcanas ancladas en la zona con anterioridad.
Junto a los cátaros, planteadores de una religión que originalmente brota del cristianismo pero toma características sensiblemente distintas, más puras y menos materialistas, incorporando el dualismo zoroastriano, el rechazo de intermediarios-sacerdotes entre el hombre y Dios y la no posesión de bienes, estableciendo cualquier lugar como bueno para hablar con Dios (observamos la tendencia a identificar a Dios con Natura), aparecen los eruditos y estudiosos, reuniéndose en la zona sabios de muy distintas tradiciones (como ocurría con la España árabe) y, muy especialmente, los trovadores y las «Corts d’Amor», donde el amor adquiere caracteres sublimes y trascendentales, y «la dama» es a un tiempo el embolo de lo amado y de la meta espiritual, la espiritualización o la fusión con el ánima. La amada se convierte en un símbolo de la Sophía gnóstica y del ideal de pureza. Señalemos de paso que la veneración de la pureza era una característica cátara, pero el termino pureza no se asociaba en absoluto al concepto de castidad, sino que se refería más bien a una sublimación espiritual de las relaciones, tal como planteaba el «amor cortés», que no incluía necesariamente la abstinencia del contacto físico. Parece ser que los cátaros aceptaban  sexualidad, si bien eran algo más reacios hacia la procreación, estimando que traer a manifestación nuevos seres era traer almas al reino del espíritu de la materia y señor del mundo físico: Satán. Y aunque los cataros no parecen recordar expresamente, al menos de un modo público, las fuentes célticas en las que bebió el Languedoc, hay un símbolo que decían poseer, que ya hemos mencionado y que conecta directamente con nuestro trabajo; el Santo Grial.

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También en China aparece la serpiente como símbolo de la sabiduría y la inmortalidad en la forma del dragón, la fuerza que posee la sabiduría y que guardan los tesoros que sólo el héroe-iniciado puede obtener, pero que destruye con su fuego interior al zafio que pretende conquistarlo sin haberse purificado. Se dice que los antiguos reyes legendarios de China eran dragones o se transformaron en ellos en un tiempo remoto. Pero es en la India donde la fuerza serpentina aparece con mayor especificación bajo la forma de Kundalini, la serpiente interior a la que ya nos hemos referido, el torrente en espiral de fuego que despierta y aviva los chakras.
Kundalini es también Shakti, la fuerza cósmica, en un aspecto individual. En la tradición tántrica, Siva crea el Universo con la ayuda de su propia fuerza creativa, Shakti. Pronto Shakti se diferenció, como consorte de Siva y Diosa en sí misma, adoptando distintos nombres en sus distintos aspectos, entre los que se halla el de Kali. La unión sexual de Siva y Shakti daría lugar a la manifestación (nuevamente la Diosa como origen de lo existente), luego todo ha sido creado por tal unión y ésta adquiere un carácter sagrado (no pecaminoso, como ocurre en Occidente). El tántrica considera como Shakti a su pareja y tratan juntos de identificarse con la dúada divina en su unión, de tal modo que no sólo convierten ésta en un acto sagrado y trascendente, sino que pretenden, a través de tal acto, de llegar a la tranmutación de sus consciencias. Shakti es así a la vez un poder cósmico (la consorte de Siva), un poder exterior (la compañera tántríca) y una fuerza interior (Kundalini), siendo las tres cosas distintos aspectos de la Diosa. Todo poder y transformación se obtiene de Shakti y de ella se destilan los elixires interiores y exteriores. Observamos que Shakti es la fuerza creadora actuando tanto como poder manifestador, que trae a existencia la materia, como poder reintegrador, que favorece la transmutación y aporta la trascendencia, la iluminación y la inmortalidad.
De este último planteamiento obtenemos dos interesantes conclusiones que no pueden sino hacernos pensar:

1) Nuestra definición de Shakti es demasiado similar a la empleada para Lucifer.

2) Si seguimos detenidamente nuestro esquema podemos acabar identificando a Lucifer con la fuerza femenina y creativa de la Naturaleza representada por la serpiente tanto en su proceso de descenso como de ascenso.

Un último comentario, esta vez de los gnósticos, nos dice que el Dragón, la serpiente universal o cósmica, «se mueve en el interior de todas las cosas.»

Fuente: Lucifer-Símbolo oculto de la iniciación.

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