Freud y el ocultismo

Por  J.J López Ibor

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Oculto, fue empleada por vez primera por un escritor francés del siglo pasado que se ocultó bajo el seudónimo «Eliphas Lévi».Publicó su gran obra «Dogme et rituel de la haute magie» en 1856 el mismo año que nació Freud. Sin embargo la palabra «ocultismo» ya estaba empleada en el famoso tratado de Agrippa «De occulta philosophia», pero se había perdido su uso desde el siglo XVI. En el ocultismo se incluyen pitagóricos, gnósticos, kabalistas, herméticos, alquimistas, astrólogos y, por supuesto, todos aquellos fenómenos que tienen que ver con la magia.

Freud nació con buena estrella. Conservaba al nacer la membrana amniótica pegada a la cabeza, lo que se considera en muchos países como signo de suerte. Incluso de llegar a alcanzar la fama. La idea de un destino de excepción ya pasó por la imaginación de su madre. «Una vieja campesina dijo a mi madre que yo sería un gran hombre», dice Freud en su libro «Interpretación de los sueños».

Y más adelante insiste:

«Mis padres me habían llevado una tarde a uno de los cafés del Prater. Un hombre iba de mesa en mesa y por unas perras adivinaba el porvenir, improvisando unos versos sobre el donante. Predijo que yo sería ministro.»

Y añadía que probablemente tal clase de profecías debían de ser imaginadas por las madres deseosas del éxito de su hijo, sin contar con la ganancia que producían a los «profetas».

En su libro «Sueño y ocultismo» se pregunta si no debe haber algún interés hacia las cosas religiosas. «Sospechamos que uno de los fines del ocultismo es ayudar a la religión amenazada por el progreso del pensamiento científico.» En otro lugar, se refiere a la religión como «la negra marea del ocultismo». Y sin embargo, Freud se vio profundamente influido por la mística judía y no quedó indemne al impacto de lo sobrenatural, por lo menos no tan indemne como él pensaba. Influido estuvo también por la «Kabbala» y muchos temas de este libro están reflejados en el psicoanálisis. Un ejemplo entre otros es el de la importancia dada a la sexualidad. Probablemente fue un fermento en el pensamiento de Freud, aunque no fuera consciente de ello. Recuérdese el valor que se da a los signos cabalísticos como las letras y los números y lo sensible que Freud era a las fechas nefastas. La conducta de Freud frente al ocultismo mostró siempre «una exquisita oscilación entre el escepticismo y la credulidad», dice Jones en su conocida obra «Vida y obra de Sigmund Freud». Aquel que sea partidario de la telepatía y de la visión a través de los cuerpos opacos (endoscopia) quedará muy contento al saber que Freud mostraba una gran apertura de opinión con respecto a estos fenómenos. Sandor Ferenczi — uno de los más inteligentes discípulos de Freud— le llevó al ocultismo. Ferenczi perteneció al grupo de los «Siete anillos».

Tuvo una gran amistad con Mirska Schachter y cuando éste murió comenzó a interesarse por el espiritismo. Decía que se comunicaba con él y que se consultaban sus problemas científicos y personales. De la mano de Ferenczi, como decía, fue Freud interesándose más y más por el ocultismo. Ferenczi quería saber lo que eran los fenómenos ocultos y por eso hizo el autoanálisis siguiente: a las 12 de la noche tomó un lápiz y un papel en blanco. Pensaba que el cansancio y la emoción por la muerte de su amigo favorecerían el desdoblamiento de su personalidad. A los pocos minutos, el lápiz comenzó a agitarse, pero al apoyarlo sobre el papel sólo aparecieron garabatos sin sentido. Luego empezaron a surgir palabras igualmente incomprensibles. Más tarde surgieron palabras primero y luego frases coherentes. «Yo preguntaba —dice Ferenczi— y el lápiz daba respuestas inesperadas.»

Sobre esta experiencia publicó un artículo en la revista Gyogyassat titulado «Espiritismo». Su conclusión fue que el automatismo y los fenómenos llamados «ocultos» no son sobrenaturales, sino pura función inconsciente del hombre. Lo que surgía ya estaba dentro de la psique. No había gran cosa que transmitir del más allá.

Freud tuvo un gran aprecio y estima por Sandor Ferenczi desde su primera entrevista en 1908. En cierta manera se estableció una amistad y un «transferí» entre ellos como ya había ocurrido con Fliess. Freud era hombre de absolutismos incluso en la amistad. Amor-odio fueron sentimientos alternantes que marcaron toda su vida. Juntos, Freud y Ferenczi estudiaron la telepatía. La correspondencia entre ambos fue muy extensa pero sólo conocemos una pequeñísima parte. Tenían que escribirse porque Ferenczi vivía en Budapest. Y si parte de esta correspondencia no ha sido todavía publicada — quién sabe si se publicará— es porque según Jones «hay demasiado ocultismo en ella». Jones fue siempre un enemigo declarado de estos temas. «A mí no me gustan — le decía Freud— , pero hay algo de verdad en ellos.» Y añadía «hay cosas en el cielo y en la tierra, muchas más de las que conocemos». Esto irritaba mucho a Jones. Poco tiempo después de conocerse Freud y Ferenczi hicieron juntos un viaje a Berlín para conocer a una vidente que tenía mucha fama y además veía a través de los cuerpos opacos. Freud descubrió que había truco pero, a pesar de ello, el episodio le preocupó y hablaron de él durante meses. No se puede predecir el futuro, decía Freud.

En cuanto a las cartas leídas por la vidente con los ojos vendados no encontró más explicación que un «don psicológico» vecino a la intuición propia de ciertas gentes. «No es un fenómeno psíquico, sino somático», siguiendo con ello las conclusiones de Ferenczi en cuanto a la escritura automática. Y Freud añadía que se estaba descubriendo algo que podría, tal vez, ser un día importante, pero poco práctico. Ferenczi se fue entusiasmando cada vez más por el ocultismo, pero Freud siempre procuró mantenerlo a gran distancia del psicoanálisis. La verdad es que Ferenczi se había lanzado con tanto entusiasmo que había que tratar de frenarlo un poco. Y se consiguió, además, por unas exhibiciones de supuestos transmisores de pensamiento que fueron un absoluto fracaso. Freud tuvo, por entonces, un sueño según el cual su hijo Martín que estaba en la guerra como soldado, había muerto en el frente de combate. Poco después se enteró de que vivía, pero que a la misma hora del sueño había sido herido de cierta gravedad. Volvió a hacer experiencias telepáticas e incluso Anna Freud intervino en ellas. Pero Ferenczi murió muy joven y ciertamente trastornado. En sus delirios de los últimos días hablaba de comunicaciones telepáticas que tenía a través del Atlántico. Había una verdadera obsesión por los números en la mente de Freud que le llevaba a una clara superstición.

El tema de la muerte es objeto de muchas fobias y siempre está presente en los malos augurios. También la presencia del «doble» en el mundo. ¿Qué entendía Freud por su «doble»? Cierto día, viajando en un tren por Italia, subió a su vagón un hombre más o menos de su edad. «Se parece extrañamente a mí», se dijo Freud. Y a pesar de su conocida timidez entabló conversación con él — casualmente era alemán— y quiso saber todo lo de su vida. «Estoy seguro —le dijo— que moriremos el mismo día.» Pero en otra ocasión confiesa que nunca le volvió a ver, ni siquiera lo recordó apenas. Decía que todos sus amigos morían alrededor de los 50 años. Era, en su tiempo, una fecha clave del decaer físico, de peligro coronario, de neoplasias, etc. Y decidió Freud que moriría a los 51 años. No fue así como sabe el lector. Luego decidió que su muerte sería a los 61 ó 62 años y, por entonces, escribió a Ferenczi diciéndole:

«Tengo asco del mundo. La idea supersticiosa de que moriré en 1918 me es agradable.»

Con ello no revelaba más que estaba atravesando una fase depresiva de las muchas que tuvo en su vida. Es muy curioso que a partir de dicho viaje por Italia en tren se le instaurase una verdadera fobia al ferrocarril que ya le acompañó toda su vida y que el pintoresquismo de la época llamaba «siderodromofobia».

Siguiendo con los números, cuando ya iba acercándose a los 60 años hizo un viaje a Atenas. Fue a un hotel y le dieron la habitación 31 y decidió inmediatamente que siendo la mitad de 62 iba a ser esa la fecha de su muerte: el número que le perseguía fatalmente. Pero pasó los 61 años y los 62 y no murió, ni siquiera se le manifestó enfermedad alguna. Pasada la fecha fatal escribió de nuevo a Ferenczi y le dijo:

«Eso prueba que no debemos dar mucho crédito a lo sobrenatural.»

La fobia hacia la muerte, mejor aún a las fechas o años de su muerte, continuó hasta que al final, la muerte le llegó de verdad y en tierra extraña. Las consideraciones en torno a la superstición o al interés por el ocultismo de Freud irritan a Jones. Este fue siempre muy escéptico. Subrayaba que Freud era uno de esos notables ejemplos en los que un gran poder científico y crítico puede coexistir con algo tan insostenible como el ocultismo. Nunca pudo acostumbrarse Jones a la idea de que su admirado maestro, considerado por él como un genio, tuviese esas debilidades espiritistas. A mi modo de ver, este asunto es fácilmente comprensible para los que como yo, hemos tratado de dilucidar las raíces de su pensamiento. El punto principal en la mente de Freud consistía en la creencia en seres espirituales «volando» por el espacio y que estaban en contacto con los hombres. En esa creencia podían reforzarle las mitologías cristianas y teutónicas, sin olvidar que es, además, un pensamiento de claro tinte gnóstico.

La decadencia de la religión y la predicación de Fox en Norteamérica, facilitó la creencia en «médiums», telepatía, levitación, astrología y quiromancia, etc., etc. Hasta llegar a la formación de la «Society of Psychical Research» de Londres no empezaron a limitarse ciertos campos. La lista de los creyentes y adeptos del ocultismo era muy numerosa. Basta con citar a Flournoy que dijo en una ocasión:

«Es curioso que por más que he puesto anuncios, ningún espíritu de los que he llamado acude.» (Se refería a las experiencias metapsíquicas.)

Ya hemos dicho que Freud estaba lleno de supersticiones, que sería muy engorroso enumerar aquí. Además, en su libro «Psicología de la vida cotidiana» hay abundantes muestras de ellas y pertenecen al sector del animismo y de la magia. La reacción de Freud en estos casos era la habitual: una vez le contó a Marta, su novia, que había jugado al número 17 en la lotería y que seguía haciéndolo todavía a pesar de no haberle salido nunca. Pero jugaría al número 17 para demostrar su constancia. En otra ocasión, refirió cómo había oído pronunciar claramente su nombre por una voz desconocida. Nunca aceptó que la creencia en la telepatía pudiera destruir su espíritu científico. Al contrario, le daba una sensibilidad especial. A lo largo de su vida refiere varios actos mágicos que le ocurrieron. Un día rompió una pequeña estatua de Venus, como un sacrificio para preservar la vida de su hijo.

Freud confiesa su creencia en la telepatía, si bien con moderación, en «Psicoanálisis y telepatía» (publicado en 1941, aunque parece que fue escrito en 1921) y «Una premonición onírica cumplida» (de 1941 también, pero el original está fechado en 1899). Tanto uno como otro trabajo bordean el tema, pero sin entrar francamente en él.

«No es posible, dice, recusar el estudio de los fenómenos llamados ocultos, de esos temas que, según se pretende, demostrarían la existencia real de poderes psíquicos ajenos al alma humana conocida por nosotros o que revelarían en dicha alma facultades hasta ahora insospechadas…» «No es obvio, ni necesario, que el fortalecimiento del interés por el ocultismo, represente un peligro para el psicoanálisis. Cabría suponer por el contrario una simpatía mutua…» «No tardarán en confirmar muchos analistas la realidad de los fenómenos ocultos.» Cita dos casos «in extenso» y uno brevemente.

Sólo a título de ejemplo resumimos lo más posible este último.  En la ciudad de F. vive una niña que es la mayor de cinco hermanas, ya que no hay varón en la familia. Diez años separan a la mayor de la menor. Siendo ésta un bebé la deja caer un día de los brazos, sin que se produjera ninguna lesión. Desde entonces la llama «mi nena». Superado el carácter infantil, rígido y apasionado del mayor, cierto día aparece en la casa un pariente de la madre, mayor que ella, que sólo tiene 19 arios. Es extranjero, vive en Rusia y ha logrado acumular una gran fortuna. Se enamora de su prima y quiere convertirla en su esposa. En ella florece la fantasía desiderativa de querer ayudar a su padre, que era pobre. Vencidas ciertas dificultades, se casan. El matrimonio no parece desgraciado, pero ella a los 27 años no ha tenido ningún hijo. Residían entonces en Alemania y el marido le confiesa que él es el culpable de la esterilidad del matrimonio porque fue víctima de una enfermedad venérea en su juventud. Ella desplaza la idea del marido sustituyéndola por la del padre.

No hay solución: ni la infidelidad ni la separación arreglarán el problema, sino la renuncia al hijo, piensa. Cae en una grave neurosis (histeria de angustia y obsesiones). Es internada en un Sanatorio y diez años más tarde acude a Freud. Durante todo este tiempo ha elaborado algunos síntomas, sobre todo uno: prender la ropa de La cama con alfileres al acostarse. En el curso del análisis le cuenta que diez años antes había hecho un viaje a París con su marido, asistiendo al espectáculo teatral de un famoso adivino que se hacía llamar «Señor Profesor». Refería lo que adivinaba después de que el visitante metía la mano, sin anillo, en un recipiente lleno de arena. El resultado del examen consistió en anunciarle graves conflictos próximos, tales como que se casaría a los 32 años y que tendría dos hijos. Ella tenía ya 40 años y ningún hijo. ¿Qué clase de adivinación es ésa?, se preguntará el lector. Entonces, Freud toma la palabra y le dice: «No te aflijas por tu actual infecundidad, puede ocurrirte lo que a tu madre, que a tu edad no estaba ni siquiera casada. (Le ofrecía por tanto la identificación materna que la enferma hubiera deseado.) La muerte de tu inútil marido te liberará.» De acuerdo con esa afirmación deberíamos considerar este ejemplo como una prueba incontrovertible de la posibilidad de una transferencia de un deseo inconsciente y de los conocimientos que de él dependían. (Deja a salvo que en los recuerdos de la enferma habían transcurrido diez años desde aquel vaticinio.) ¿Se obtuvo una curación o una resignación?, podríamos preguntar.

En otra ocasión Freud cita ejemplos sorprendentes de un grafólogo vienés y termina el capítulo con las siguientes palabras:

«Mi propia vida es pobre en cuanto a experiencias ocultas. El problema de la transmisión del pensamiento quizá parezca nimio, comparado con el vasto mundo de lo oculto. Reflexiónese bien, sin embargo, cuan preñada estaría de experiencias con respecto a nuestro punto de vista, la sola admisión de la telepatía.»

Según el psicoanálisis, la mística es una oscura percepción del reino situado fuera del «yo» y del «ello». Esa oscuridad es la que atraía a Freud en el ocultismo; pero después su racionalización destruyó la atracción que sentía por él. Se englutió a sí mismo cuando pretendía formular en una razón los mismos sueños.  La interpretación de los sueños de Freud no ha sido más que una pesada metáfora para reconstruir un razonamiento que tranquilice o depure de síntomas al enfermo. Y a sí mismo, víctima como el que más, de absurdos y angustiosos ensueños. Después de haber renunciado a terminar el proyecto de una psicología científica, Freud se vio obligado a dirigir su pensamiento sobre la psicología, pero enfocándolo desde otro punto de vista.

En los últimos años se ha tergiversado el pensamiento de Freud en muchos puntos,  comenzó con la hipnosis y el método catártico de Breuer para después abandonarlos en favor del análisis de los actos conscientes y de los sueños.  Y aunque el pensamiento de Freud acabó estableciendo el psicoanálisis, los psicoanalistas poseen una extraña e inagotable combatividad. Como si no estuvieran muy seguros del suelo que pisan.

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