La danza medicinal de los ‘kung.

Por Lorna Marshall 

La ceremonia de la danza curativa es el único acto religioso establecido y el único en el que la gente se reúne. Su propósito es curar las enfermedades y expulsar el mal. Así pues, si alguno de los participantes está, en efecto, enfermo, o si alguna desgracia se cierne sobre la población, la danza se realizará especialmente para curar estas enfermedades. Pero, a menudo, la gente danza incluso cuando nadie está enfermo y no ha habido ninguna desgracia en particular, con el fin de expulsar al mal que se encuentra allí, aun cuando nadie pueda verlo, y para sentirse protegidos por el bien. […]

Una vez, se han realizado varias danzas, los curanderos empiezan a curar. Los ‘kung no tienen brujos, brujas o hechiceros, ni creen que las divinidades entren en los curanderos ni
hablen a través de ellos. Además, casi todos los hombres ‘kung son curanderos. Por uno u otro motivo, no todos deciden practicar, pero siempre existe un grupo activo en cada grupo. Los ! curanderos no reciben otra recompensa que su propia satisfacción y liberación emocional, y es que sé de algunos de ellos que sienten una profunda responsabilidad por el bienestar de sus gentes y sufren una gran ansiedad y preocupación si su curación fracasa, y una satisfacción equivalente sí ésta se cumple. Por el contrario, otros más introspectivos parecen menos preocupados por las personas que intentan curar.

Cuando los curanderos realizan su labor, todos ellos entran en distintos niveles de trance autoinducido, que se caracteriza por una fase ele frenesí y otra de semi-inconsciencia o profunda inconsciencia. A veces se quedan rígidos o empiezan a sacar espuma por la boca, o se paralizan completamente, como si estuvieran en coma. Algunos sólo permanecen en trance durante un breve tiempo y otros durante horas. Es el caso de un hombre que solía permanecer en un estado semiconsciente durante casi todo el día siguiente a la danza.
No puede describirse completamente con palabras a un bosquimano en el momento de curar, hay que oírle también, pero intentaré trazar un bosquejo. El curandero empieza bailando y cantando con los otros, al son de una canción medicinal. Entonces abandona el grupo de bailarines y se recuesta sobre la persona que se dispone a curar y le pone una mano en el pecho y otra en la espalda, y hace vibrar ambas manos. Los ‘kung creen que de este modo el curandero extrae de la persona en cuestión la enfermedad, real o potencial, a través de sus brazos y la introduce en su propio cuerpo. A continuación, éste empieza a emitir sonidos entrecortados, como sollozos, cuyo ritmo se intensifica hasta convertirse en chillidos que podrían hacer estallar los tímpanos.

Al final, el curandero levanta los brazos para expulsar la enfermedad y, con un grito que es corno un aullido que hace «kai kai kai», la lanza hacia la oscuridad de vuelta al espíritu maligno Gauwa o a los espíritus gauwasi. De este modo se hace patente cuan difícil resulta expulsar la enfermedad. El efecto del sonido en el espectador, en este caso yo mismo, fue estremecedor: me puse a temblar y mi respiración se detuvo bruscamente, como si mi corazón hubiera dejado de latir por un instante. El curandero pasa ante cada persona presente, recostándose sobre cada una de ellas para curarla, incluso los recién nacidos que lloran en raras ocasiones aun cuando éste cloquea y tose justo al lado de sus orejas. Si alguien padece alguna enfermedad en ese momento, el curandero le visitará continuamente a lo largo ele la noche.
Cuando ha transcurrido cierto tiempo de la curación, los curanderos alcanzan el estado de frenesí. Entonces ya no asisten más a los presentes, sus espasmos de gritos y chillidos se hacen más frecuentes y más violentos, padecen náuseas, titubean y se tambalean. Empiezan a precipitarse hacia el fuego y a caminar sobre él, pisoteándolo, toman las brasas con la mano y se prenden la cabellera. El fuego activa la medicina que poseen en ellos. La gente les sostiene, entonces, para evitar que se caigan y les apagan las llamas.

En ese momento echan a correr hacia la oscuridad, donde se esconden Gauwa  y los gauwasi, y les lanzan ramas en llamas y todo tipo de improperios. «¡Cara de cerdo! ¡Llévate la enfermedad que trajiste!», «¡Pene al aire! Eres malo y quieres matarnos. ¡Márchate!», «Hishe, eres un mentiroso. ¡Este hombre no morirá!». Llegado este punto, suelen caer en un estado de profunda inconsciencia o se quedan semiconscientes, con los ojos cerrados e incapaces de andar.

Los curanderos que alcanzan el frenesí total o aquellos que ya se han restablecido cuidan de los que aún se encuentran en él. Los ‘kung creen que en ese instante el espíritu del curandero abandona su cuerpo y va a encontrarse con Gauwa y los gauwasi. Le llaman la “media muerte”. Es un momento peligroso y el cuerpo debe ser vigilado con atención y mantenido caliente. Así, los otros curanderos se recuestan sobre aquel que se halla en trance y soplan en sus oídos para abrirlos. Entonces se pasan las manos por las axilas para frotarle el cuerpo con su sudor. Algunos caen encima, también en trance, y son a su vez frotados y cuidados por los otros. Las mujeres cantan y dan palmadas con fervor mientras un hombre se halla en trance profundo, puesto que éste necesita la medicina benéfica de la música para protegerle.
La danza curativa reúne a los bosquimanos de un mismo grupo en una actividad conjunta como ninguna otra ocasión lo hace. Repican con los pies, dan palmadas y cantan con tal precisión que parecen una sola entidad orgánica. Unidos de este modo, todos juntos, se enfrentan a los dioses. No hacen ningún ruego, como en el caso de sus súplicas personales, en busca del favor de los seres divinos y todopoderosos, y no les suplican su bondad. En cambio, en nombre de la gente los curanderos se lanzan a un combate con los dioses, liberándose de la conducta ordinaria mediante el trance y venciendo el miedo y la inacción, combate en el que intentan obligarles a llevarse consigo los males que hubiesen podido acarrear, lanzándoles ramas e injurias.

Como en una obra de teatro, creo que la violencia y la excitación de la ceremonia poseen el efecto de liberar las emociones de la gente y purgarlas, en el sentido aristotélico. El miedo y la hostilidad encuentran, de este modo, una válvula de salida, y la gente, al actuar de concierto para protegerse, halla consuelo y esperanza.

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