La Suerte.

Por Gerard Encausse -PAPUS-

“El hombre moderno se considera en general independiente de la Naturaleza, siendo tal su ignorancia sobre las leyes astronómicas que no se preocupa de los agentes exteriores”

La primera cuestión a resolver es la siguiente: ¿Tenemos suerte? y ¿Si no la tenemos, esto es real o simplemente creemos que carecemos de ella mientras que afirmativamente se dispone?

Si usted tiene suerte, simplemente basta con conservarla, mientras que, si usted no tiene suerte, hay que en primer lugar preguntarse cuáles son las indicaciones que le llevan a este diagnóstico. La mayoría de las veces ocurre que se compara con un amigo o con una amiga particularmente dotada bajo este aspecto, y que creemos que no tenemos suerte porque se refiere a un ideal casi imposible de alcanzar. Cuando se reflexiona y cuando nos comparamos con seres que realmente sufren, nos percibimos entonces que tenemos más suerte que ellos.

Pero admitamos que en el caso real de una verdadera desgracia nada se consigue con esta simple idea; no sólo no tenemos una imposibilidad personal, sino que todos los que se nos acercan, momentáneamente, pierden a su vez su suerte. Es entonces cuando hay que emprender un verdadero estudio para descubrir las causas posibles de esta mala suerte. Buscaremos: Las causas físicas, las causas astrales (tensión débil y fluídica, signos fisiognomónicos, etc.) y las causas espirituales (costumbre de la maledicencia, de la calumnia, el odio o la envidia, la ausencia de caridad, etc.).

¡La Suerte! Palabra mágica para quienes emocionan a los espíritus más escépticos.

Hay gente que no cree en Dios ni en el Diablo, sino que cree firmemente en la Suerte, en la buena y también en la mala suerte. Entonces la Suerte perfectamente existe, hasta podemos ¡Fijarla si huye, llamarle si se aleja y comprobarlo cuando acerca! ¿Pero cómo? En lugar de dar profecías más o menos claras, informaciones psíquicas más o menos vagas, muchas escuelas dicen que la Suerte puede fijarse por un entrenamiento psíquico y una tensión especial de la voluntad.

Es el tiempo de volver a la tradición sana y de mostrar si el dominio del magnetismo personal se relaciona con la fijación de la Suerte, o es sólo relativa al azar y de manera incierta. La Voluntad humana, en efecto, forma sólo uno de tres factores que dirigen la fijación o vuelta de la Suerte. La Providencia y la Fatalidad constituyen los dos otros elementos de acción que deberemos analizar y estudiar profundamente. Si la Voluntad humana permite modificar la simpatía o la antipatía de los hombres y da, como consecuencia, una parte notable en la continuación de un período de Suerte de origen humano, el conocimiento de las relaciones secretas, las piedras preciosas, vegetales y fuerzas de la Naturaleza permiten dirigir o prever el aumento de la Suerte normal de un individuo cualquiera. El conocimiento de la realidad, de la extensión de las acciones morales y del llamamiento al plano divino -mediante ciertas oraciones- permiten reconstituir la Suerte, haciendo descubrir las causas de su ausencia tanto para un hombre o mujer, para una familia y, algunas veces también, para un pueblo.

La Suerte es entonces un problema verdadero, capaz de interesar a toda alma ávida y cosas misteriosas como todo espíritu positivo y que desea darse cuenta del origen de las fuerzas terrestres.

¿Cómo determinar la Suerte de cada persona?

La Naturaleza colocó por todos lados múltiples signos que indican nuestro sitio en la jerarquía de los seres humanos. Pero, lo mismo que hicieron falta largos años de trabajo para establecer una clasificación clara de los signos, que permiten determinar el sitio exacto de cada vegetal y de cada animal, también hará falta mucho tiempo para establecer un trabajo similar con relación al hombre. Y sin embargo, nuestros menores gestos, nuestra escritura, las líneas de nuestra mano, las fechas de nuestro nacimiento, las figuras misteriosas del Tarot permiten determinar esas influencias a las cuales estamos sometidos y, como consecuencia, nuestra suerte será más o menos grande.

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