Ceremonia funeraria Goldi (Siberia)

Por Mircea Eliade

800px-Goldi_shaman_priest_and_assistant_LCCN2004707519

El chamán guía al alma hacia el mundo inferior

Los goldis celebran dos ceremonias funerarias, el nimgan, que tiene lugar siete días o aún más tarde (dos meses) después de la muerte, y el kazatauri, la gran ceremonia celebrada algún tiempo después de la segunda y al final de la cual el alma es conducida al mundo inferior.

Durante el nimgan, el chamán entra en la casa mortuoria con su tambor, busca el alma, la captura y la obliga a instalarse en una especie de cojín (fanya). Sigue el banquete, en el que participan todos los parientes y amigos del difunto, que está presente en el cojín, al que el chamán ofrece licor. El kazatauri comienza del mismo modo. El chamán se viste sus ornamentos, toma el tambor y busca al alma por las inmediaciones de la yurta. Durante todo este tiempo danza y va contando las dificultades que encuentra en su camino al mundo inferior. Finalmente logra capturar el alma y la lleva a la casa, donde la obliga a entrar en el fanya. El banquete se prolonga hasta muy entrada la noche; el chamán arroja al fuego los restos de los alimentos que hayan sobrado.

Las mujeres ponen un lecho en la yurta, el chamán coloca sobre sí el fanya, lo cubre con una manta y dice al muerto que se duerma. Se acuesta también él en la yurta y se dispone a dormir. Al día siguiente se pone sus ornamentos y despierta al difunto con su tambor. Sigue otro banquete, y por la noche (ya que la ceremonia se prolongará durante varios días) vuelve a poner el fanya en la cama y lo tapa con la manta. Finalmente, una mañana el chamán comienza su canto y, dirigiéndose al alma, le advierte que coma bien, pero que beba poco, pues el viaje al mundo inferior resulta muy penoso a los que están ebrios. A la caída del sol se hacen los preparativos para emprender el viaje.

El chamán canta, danza y embadurna su rostro con hollín. Invoca a sus espíritus auxiliares y les ruega que le guíen junto con el muerto hacia el más allá. Sale de la yurta durante algunos minutos y sube a un poste con escotaduras que ha sido preparado de antemano; desde allí contempla el camino que va al otro mundo. En realidad, se ha subido al Árbol del Mundo y se encuentra en la cúspide de éste. Pero al mismo tiempo ve otras muchas cosas: mucha nieve, éxitos en la caza y en la pesca, etc. Vuelve a la yurta, llama a dos poderosos espíritus tutelares para que le ayuden; son éstos Butchu, una especie de monstruo con una sola pierna, rostro humano y plumas, y Koori, un pájaro de pico muy largo. Sin la ayuda de estos dos espíritus, el chamán no podría regresar del mundo inferior. Hará la parte más dificultosa del recorrido a lomos de Koori. Sigue con sus contorsiones chamánicas hasta quedar exhausto, y se sienta luego, vuelto hacia el oeste, sobre un estrado que representa un trineo siberiano. A su lado lleva el fanya con el alma del muerto y un cestillo con alimentos.

El chamán pide a los espíritus que unzan los perros al trineo y que uno de sus «servidores» le acompañe durante el viaje. Pocos instantes después «parte» hacia el país de los muertos. Se puede seguir su ruta gracias a los cánticos que entona y las palabras que intercambia con el «servidor». Al principio, el camino resulta fácil, pero las dificultades aumentan al aproximarse al país de los muertos. Un gran río le cierra el paso, y sólo un buen chamán es capaz de guiar el trineo hasta la otra orilla, llevando consigo a su acompañamiento. Poco después ve signos de actividad humana: huellas de pisadas, cenizas, trozos de madera, lo que significa que la aldea de los muertos no está muy lejos. Se escucha el ladrido de los perros a poca distancia, se ve ya el humo de las yurtas y aparece el primer reno.

El chamán y el muerto ya han llegado al mundo inferior. Los muertos se congregan entonces en torno al chamán y le preguntan cómo se llama y quién es el recién llegado. El chamán tiene buen cuidado de no decir su verdadero nombre; entre los muertos busca a los parientes más cercanos del espíritu que acaba de conducir hasta allí, con idea de confiárselo. Una vez hecho esto, se apresura a regresar a la tierra, y a su llegada hace un largo relato de todo lo que ha visto en el país de los muertos y de las impresiones del difunto al que ha acompañado. Saluda de parte de sus parientes difuntos a todos los presentes y a veces hasta les entrega pequeños obsequios que trae de su parte. Al final de la ceremonia, el chamán arroja el fanya al fuego. Con esto se pone fin a las obligaciones estrictas que los vivos tenían para con el difunto.

Fuente: El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis (París 1951).

Anuncios
Categorías: Chamanismo | Etiquetas: , ,

Navegador de artículos

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: