Litolatría: Antecedentes al culto de las cruces de piedra.

Por Marta Plaza.

49861520.jpg

Betilos de Tamuli-Macomer-Cerdeña

Las piedras para el hombre primitivo eran símbolo de perennidad, invariabilidad, inmovilidad, unidad, energía y fuerza. Han sido adoradas por la sacralidad que contenían debido a su forma, origen o tamaño; concediéndoles tanto un significado mágico como religioso. Los betilos o piedras sagradas (de forma esférica o a modo de columnas cilíndricas), eran las imágenes anicónicas empleadas para la representación de los dioses (Hermes, Apolo, Eros, Artemio, etc.) cuando el hombre todavía no los imaginaba como personas. Su origen es oriental, concretamente semita y posiblemente llegaron a España de manos de los fenicios, aunque ya existieran veneraciones autóctonas a estas piedras .

A lo largo de la historia, prácticamente todas las civilizaciones han hecho uso de la sacralidad de las piedras. De este modo en la antigua Grecia, exactamente en Quersoneso, ya en el año 405 a.C. se adoraba una piedra que decían haber caído del cielo; más tarde, en el siglo II d. C., Pausanias habla de unas piedras sagradas situadas en el interior de los templos, con forma piramidal y coronadas con cabezas de divinidades. Dentro de la religión romana, el dios Terminus era el protector de los límites y su origen está en el culto a las piedras destinadas a marcar los límites en la religión indoeuropea, factor que nos lleva a las actuales cruces de término.

A su vez, para los árabes el Betilo era una piedra sagrada, entendida como la casa de dios y venerada en época anterior a Mahoma. En Siria, el Betelio se encontraba en un lugar oculto de los recintos sagrados, como piedra cónica que representa el Elagábal.

mifoto34.jpg

Fig 1

El pueblo egipcio adoraba el Cipo de Horus (o estatua sanadora) (fig. 1), estela sostenida por un hombre en posición oferente con una inscripción, a modo de conjuro, para curar la picadura de escorpión o serpiente. La figura solía ir colocada sobre un pedestal, con un pequeño surco que servía para recoger el agua de lluvia, que al pasar por la estela adquiría poderes mágicos. El agua así obtenida, era empleada para curar a las personas que habían sufrido la picadura de una serpiente o de un escorpión. Si observamos este ritual posee una gran similitud con el que actualmente se practica en algunas regiones del norte peninsular, donde las piedras “sanadoras” almacenan agua en sus huecos para ser utilizada con esta función; lo mismo que ciertos cruceros, que poseen pequeños pocillos horadados en el pedestal con igual intencionalidad.

Además de estos cultos, debemos mencionar aquellos rituales especiales que estuvieron dedicados a la piedra como materia. Muestra de ello son las covachas excavadas en la roca que se han encontrado próximas a algunas canteras del centro peninsular. Estos espacios presentan una chimenea y un altar, posiblemente empleado para algún tipo de ritual llevado a cabo por las gentes que trabajan la piedra, las cuales habrían desarrollado un tipo de religiosidad vinculada a los medios y recursos que les permitían la subsistencia.

Al igual que ocurrió con el resto de cultos paganos, el cristianismo adaptó el culto dado a las piedras a su religión y para ello superpuso las celebraciones de sus festividades a las antiguas, erigió ermitas junto a elementos paganos, colocó cruces sobre las piedras y las marcó con cruces incisas. De este modo, los espacios y elementos anteriormente mencionados fueron reutilizados por los cristianos, conviviendo en la mayoría de los casos símbolos paganos con cristianos. Un ejemplo de esta mezcla de elementos podemos verla en el yacimiento paleolítico de Buendía (Cuenca). Aquí observamos grandes cazoletas excavadas en la roca, destinadas a realizar sacrificios, junto a pequeños agujeros para recoger el agua de lluvia –también dotada de sacralidad cuando se deposita sobre la roca–, los cuales han sido transformados en los extremos de una cruz.

A continuación nos disponemos a realizar un análisis de los diferentes aspectos que han otorgado determinada sacralidad a las piedras, todos ellos relacionados, de un modo u otro, con las cruces y cruceros objeto de nuestro estudio.

LAS PIEDRAS Y LA FERTILIDAD

La piedra, considerada como Petra Genetrixo la Matrix Mundi,ha sido símbolo de vida y sacralidad. Su culto ha tenido fundamentalmente un sentido de fecundidad y prosperidad; se rezaba a las piedras pidiéndoles hijos (India, Australia, Nueva Guinea) o se realizaban rituales en torno a ellas con este mismo sentido.

En Europa, la cultura prehistórica que giraba en torno a los dólmenes y megalitos ha tenido un significado fecundador, por la forma alargada y vertical de estos elementos. En la zona noroccidental de España abundan las creencias y rituales vinculados a las piedras sagradas de la fecundidad. De este modo, las conocidas como piedras oscilantes, tenían el poder de trasmitir la fertilidad a las mujeres infértiles, superstición con origen en la tradición celta. Fray Martín Sarmiento, en su viaje por Galicia, describe una piedra situada en el monte de San Guillermo de Fisterra a la que acudían los esposos para pedir descendencia. La tradición dice que esta piedra, denominada Cama del Santo, tiene poderes fecundizantes, pues si acuden allí un hombre y una mujer estériles lograrán tener hijos. A este respecto decir, que realmente se trata de un antiguo sepulcro antropomorfo y en la actualidad, la iglesia asigna al mismo la sepultura de San Guillermo, como proceso de cristianización del lugar. Algunas rocas situadas en el cabo Fisterre tenían esta misma intención pero orientada a la fecundidad en los campos, pues la gente acude allí para pedir la lluvia.

Muchas leyendas mitológicas han relacionado las piedras con la fecundidad, como el mito griego de Deucalión, hijo de la Tierra que, después del diluvio y con el propósito de repoblar la tierra, esparció los huesos de su madre, y por cada piedra que arrojaba nacía un hombre; mientras que su esposa Pirra, hacía surgir las mujeres con el mismo procedimiento  (fig. 2).

91967e3611.jpg

Fig 2

La piedra, tomada como elemento de la naturaleza, fue descrita por Plinio en su Historia Natural, donde afirmaba que las minas renacían al cabo del tiempo y recomendaba el reposo de las mismas para que volvieran a crecer los minerales en ellas, ya que éstos eran considerados hijos de la tierra y del resto de los elementos –agua, aire y fuego–. De esta manera, la roca engendraría las piedras preciosas, adquiriendo más calidad según pasara el tiempo. Este mismo autor continúa en su obra con esta asociación de las piedras y la fertilidad, describiendo la utilidad de algunas de éstas para obstetricia y genésica.

LAS PIEDRAS Y EL ESPACIO SAGRADO

Cuando hablamos de espacios sagrados no nos estamos refiriendo únicamente a los edificios y construcciones, sino también a lugares naturales que han supuesto una manifestación de lo divino. Hemos visto cómo muchas culturas han llevado a cabo sus rituales en lugares al aire libre, tanto en bosques como en montañas. De este modo el pueblo celta, al que venimos haciendo alusión a lo largo de este trabajo por la gran influencia que tuvo sobre nuestra cultura, empleaba el término nemeton para designar el lugar de culto, que generalmente consistía en un bosque, río o cima de montaña, es decir, aquél punto donde los druidas –maestros, educadores y consejeros– desarrollaban sus rituales. Este espacio era considerado como el Omphalos, donde se produce la unión del cielo con la tierra, del mundo terrenal con el celestial. En estos lugares sagrados habitados por los wuivres, los celtas colocaban menhires y bailaban en círculo alrededor de ellos para absorber la energía de la tierra.

Tenemos dos ejemplos, ambos en las Islas Británicas, de lugares dedicados al culto astral donde se han dispuesto las piedras en forma circular –cromlech–, como es el caso de Stonehenge (Wiltshire, Gran Bretaña), donde el ritual queda vinculado a los cambios del sol y la luna o el de Avebury (Wiltshire, Gran Bretaña), con las mismas características que el anterior.

Con el paso del tiempo, el hombre sintió la necesidad de construir templos para adorar a sus dioses y los centros de culto se convirtieron en espacios cerrados, conservando siempre la idea primigenia de morada divina. Los edificios se convierten en centro, en puntos de unión entre el cielo y la tierra. De esta forma, los templos serán considerados la residencia de los dioses y se levantarán en aquellos puntos donde se hubiera manifestado, de alguna manera, la presencia de los mismos, frecuentemente sobre montañas también sagradas.

La necesidad de delimitar estos espacios sagrados atravesó los muros de las construcciones y se tradujo en cercado de superficies abiertas con el templo en su interior. Si observamos los monumentos sagrados y funerarios que han llegado hasta nuestros días, podemos comprobar que se encuentran rodeados por muros de piedra delimitando el espacio circundante, también considerado sacro. Este cerco, por lo general, suele estar realizado con el mismo material del templo o con cipos que señalan el contorno. Pero la circunscripción de los dominios consagrados también tuvo su repercusión en el mundo agrícola. L. Tarquinio Prisco, en época de Cicerón, tradujo al latín unos libros etruscos existentes en el templo de Apolo en Roma, los Libri Vegoici. En un fragmento de los mismos encontramos una referencia a esta demarcación de las tierras y espacios:

«El mar ha sido separado del cielo. Cuando Júpiter reivindicó la tierra de Etrunia, estableció y ordenó medir las llanuras y los campos acotados. Conociendo la avaricia humana y las pasiones que excita la tierra, quiso que todo fuera delimitado por mojones. Cuando uno, un día, movido por la avaricia del siglo octavo, acabara los bienes que han entregado y codiciara los del vecino, mediante malas artes los violaran, los cambiaran y los desplazaran. Los que toquen y desplacen los mojones para extender sus propiedades y disminuir las de otras personas, por este crimen será condenado por los dioses. Si son esclavos, caerán en la servidumbre peor. Si lo hacen con la complicidad del dueño, su casa será aniquilada y toda raza perecerá. Los que desplacen los mojones sufrirán peores enfermedades, peores heridas y serán afligidos en sus miembros debilitados. Después la tierra será sacudida por las tempestades y vacilará por los torbellinos. Las cosechas se echarán a perder, arrasadas por las lluvias y por el granizo; perecerán por exceso de calor, serán destruidas por los rayos. Estallarán numerosas disensiones en el pueblo. Por esto no seas ni de mala fe ni de lengua mentirosa. Guarda en tu corazón mis enseñanzas».

En este texto tenemos una de las primeras referencias a los mojones de piedra que delimitan los espacios y que están protegidos por los dioses, de manera similar a nuestras cruces de término. Estos últimos elementos, por su parte, también señalarán a su alrededor una superficie considerada bajo su protección, creencia vinculada con la muerte y el entierro de niños prematuros al pie de los cruceros.

LAS PIEDRAS FUNERARIAS

Los megalitos funerarios han simbolizado la morada de los muertos y de sus espíritus. Muchas creencias mantenían la idea de que el alma de los mismos estaba en las piedras ejerciendo buenas acciones sobre los vivos, convirtiéndose de esta forma en agentes protectores de la vida. De ahí la presencia en algunas piedras de un agujero circular u oval, el cual servía para la entrada y salida del alma, pues el cuerpo se había sustituido por la piedra. Además de los grandes menhires, también encontramos estelas, monumentos funerarios, túmulos o montones de piedrecillas con el mismo propósito funerario.

Las piedras, al ser consideradas almas de los difuntos, han tenido vinculados numerosos rituales relacionados con la muerte. Un caso que todavía hoy sigue vigente es la formación de los amilladoiroso montones de piedras, cuyo origen podemos encontrarlo en el intento de ayudar a las almas que se albergan en dichas piedras a descansar en paz; para ello, los transeúntes depositan una piedra sobre estos montones situados al pie de los caminos. Recordemos en este punto la costumbre romana de enterrar los muertos en las márgenes de las calzadas y la de colocar una piedra sobre las sepulturas al pasar delante de ellas con esta misma intención.

Es importante señalar también, que algunas divinidades estaban relacionadas con las piedras a través de su vinculación con las almas de los difuntos, como el dios celta Lug, que vimos al hablar del culto a la muerte o los dioses romanos Manes, dioses de ultratumba que solían aparecer en las lápidas mortuorias.

PIEDRAS DE SACRIFICIO

Las piedras de sacrificio, también conocidas como embade, son piedras con cazoletas, huecos o pozas  y son veneradas por suponer antiguos lugares de culto pagano que todavía conservan ciertos poderes mágicos o religiosos. Estas características las encontramos en algunas mesas de altar que fueron destino de sacrificios y que posteriormente se cristianizaron mediante la incisión de cruces, colocación de una cruz en la cúspide o por la erección de un crucero junto a las mismas.

Fr. Gumersindo Placer asegura que en aquellos puntos donde hubo un ara romana o druídica y se destruyó un ídolo, ahora se levanta un crucero destinado a sacralizar el lugar.

PIEDRAS DE ABALAR O ADIVINATORIAS (PIEDRAS OSCILANTES)

Cuando hablamos de piedras de abalar o adivinatorias nos estamos refiriendo a todas aquellas piedras que lleven parejo algún ritual adivinatorio o de cumplimiento de promesas cuando se las hace oscilar o moverse.

Las funciones de este tipo de piedras han sido variadas según las diferentes culturas pero con un nexo común a todas ellas: su movimiento era indicativo de una determinada cualidad. Así, los celtas consideraban las piedras oscilantes como elementos cargados de fortaleza y resistencia, empleadas en los rituales religiosos para proteger a los hombres de las enfermedades y proporcionarles esa fuerza que ellas mismas poseían. Muchos pueblos del norte de la península Ibérica, han mantenido la creencia en el poder de esta piedras para presagiar acontecimientos o desgracias. Uno de estos casos es el de Muxía (La Coruña), donde estas piedras de abalar o adivinatorias se empleaban en varios ritos, con origen bretón, como el de detectar o determinar los que están libres de pecado, probar la fidelidad conyugal o la culpabilidad de los reos condenados. En todos ellos el movimiento suponía la sentencia positiva mientras que si la piedra permanecía estanca era indicio de negatividad. Asímismo, en Sória existe la Piedra Andadera en el municipio de Salduero, en el paraje La Mojonera; en medio de Los Pajareros y La Majada de la Juana. Esta enorme piedra de aproximadamente 10 metros cúbicos, se encuentra en equilibrio sobre su cuerda. Se sitúa en un paraje donde los antiguos celtas realizaban rituales a sus dioses, personificados en las piedras.

PIEDRAS FIGURADAS

Con el paso del tiempo, por acción del viento y el agua, muchas rocas adquieren formas caprichosas en las que el hombre ha querido ver determinadas figuras y ha creado leyendas diversas.

A modo de ejemplo, en Galicia tenemos la Pedra de Os Cadrís (San Andrés de Teixido, La Coruña) con forma de vela, que la tradición cristiana dice que es la vela de la embarcación en la que apareció la Virgen en dicho lugar; por eso se le atribuyen poderes curativos para todo aquél que pase por el agujero que existe bajo la misma. Con la misma leyenda está la Pedra do Timón, que por analogía sería el timón de la embarcación mencionada anteriormente.

PIEDRAS GRABADAS O INSCULTURAS

Algunas piedras poseen inscripciones o símbolos grabados indicativos de antiguos ritos y que posteriormente han sufrido el proceso de la cristianización. De este modo, tenemos la piedra grabada con una serpiente de Gondomil (Corme, Galicia) en la que se ve una serpiente, utilizada en algún rito pagano y que actualmente se venera relacionada con San Adrián. Según cuenta la leyenda, este santo pisó fuertemente el suelo y todas las serpientes huyeron por debajo de la referida piedra.

PIEDRAS HORADADAS O MEN–AN–TOL

Existen muchas creencias en los poderes que tienen algunas piedras horadadas; tal es el caso de las piedras del condado de Cornwall, al SO de Gran Bretaña, donde las personas que atraviesan las mismas por el orificio que poseen adquieren la sanación, tradición que aún conserva. En Irlanda, por su parte, el paso por estas piedras horadadas suponía la purificación y prevención de la mala suerte.

En la zona de Galicia, estas piedras agujereadas todavía conservan ciertas reminiscencias de origen pagano que las dotaba de poderes curativos y fecundizantes; lo mismo que el agua de lluvia acumulada en sus cazoletas. Uno de los ceremoniales más importantes que encontramos, relacionado con estas características de las piedras, es el Rito del Paso, que todavía se conserva entre los peregrinos y visitantes a San Andrés de Teixido (La Coruña). La costumbre y tradición consiste en atravesar la piedra horadada, también figurada como hemos visto anteriormente, denominada Pedra de Os Cadrís. Los agujeros son considerados símbolos de proximidad a lo desconocido, que se alcanza a través de los mismos y que permiten pasar de un estado a otro atravesando un solo plano.

AMILLADOIROS O MONTONES DE PIEDRAS

Los amilladoiros podemos definirlos como montones de piedrecitas testimoniales, formados por acumulación de las que dejan los caminantes al pasar por un determinado lugar y con una intención definida.

En esta práctica, todavía viva en nuestros días, podemos observar claras reminiscencias celtas; pueblo que tenía por costumbre arrojar chinarros en los cruces de caminos con la deseo de alejar a los malos espíritus. Otras culturas siguieron con la misma idea, ya que en la época grecorromana estos montones de piedras se formaban en las encrucijadas en honor a Hermesy a Mercurio, dioses protectores de los viajeros, pastores y caminantes. Al mismo tiempo que les servían de protección, los romanos los utilizaron para señalar los límites en ciudades y propiedades, puntos donde rendían culto al dios Términus. De estos dioses hablaremos más adelante por su relación con el culto a los caminos, de los que son protectores.

Martín de Braga, al escribir sobre la religiosidad indígena en su obra De correctione rusticorum, denuncia las prácticas ajenas al cristianismo y hace referencia a los montones de piedras:

«Otro demonio quiso llamarse Mercurio, que fue un astuto inventor de toda clase de fraudes, a quien como dios del lucro, los hombres codiciosos al pasar por las encrucijadas, ofrecían como sacrificio montones de piedras que se forman al tirarlas».

Entre las culturas más dispares con la misma práctica de acumular piedras en un punto, cabe mencionar la de algunos pueblos australianos o la de otros africanos. Dentro de los primeros destaca la tribu de los churingaque, ante la creencia de que los espíritus moradores de piedras y árboles se metían en los cuerpos de las mujeres al pasar ante ellos para convertirse en seres vivos, arrojaban una piedra en ese mismo punto para evitarlo, convertida entonces en objeto de adoración. Por su parte, la tribu africana de los Masais, también depositaban guijarros en el cairns o montón de piedras situado sobre las tumbas y que adquiría forma piramidal.

El pueblo celta cubría los cadáveres con piedras para evitar que los pájaros nocturnos removieran la tierra donde se hallaba enterrado en difunto. Por su parte, el pueblo romano, tenía por costumbre depositar una piedra sobre la tumba de los muertos al pie de las calzadas para que descansara en paz.

Respecto a la creencia de las piedras como morada de los espíritus, podemos decir que sigue perviviendo en la zona norte y centro peninsular, donde presuponen que los montones de piedras son almas que no han podido cumplir sus promesas en vida. En consecuencia, estos amilladoiros albergan las almas en pena de los difuntos, a las que los viandantes deben ayudar recogiendo una piedra del camino y arrojándola a los mismos. De esta forma, dice la tradición, lograrán salvar de los pecados a estas almas al mismo tiempo que se salvarán a sí mismos. El pueblo hebreo conserva este mismo hábito, pues cuando visitan una tumba, o durante un entierro, deposita una piedra sobre la tumba para el descanso del muerto. Por su parte, los mahometanos acostumbran a arrojar siete piedrecitas sobre tres montones como una lapidación del diablo. Este ritual se lleva a cabo después de haber permanecido de pie delante del rostro de dios desde el mediodía hasta la puesta del sol. Previamente habrán dado tres vueltas rápidas y cuatro lentas alrededor de la Kaaba, tocando la piedra negra.

La mitología también se ha hecho eco de este rito, como se ve en la leyenda bretona de Ankou, personaje encargado de recoger a los que mueren con un carro y arrojar al mismo tiempo una piedra por cada uno de ellos para la salvación de su alma (fig. 3).

ob_edff33_l-ankou-the-workman-of-death-by-kruko

Fig 3

Recordemos también la leyenda de Deucalion, mencionada al hablar de las piedras y la fertilidad, donde también se arrojaban piedras pero, en este caso, relacionadas con la vida.

Según lo expuesto hasta el momento, encontramos diversidad de intenciones en el proceso de este ritual: por un lado, el viajero que tira una piedra lo hace con un sentido purificador, idea apoyada por M. Eliade y por otro, se trataría del pago o tributo a una antigua divinidad, teoría sostenida por J. G. Atienza. Otros autores, como C. Cabal, afirman que esta práctica tiene su origen en los antiguos túmulos de piedras empleados para cubrir los cadáveres al pie de los caminos, según vimos al inicio del capítulo. La situación de estas sepulturas permitía a las almas de los muertos, materializadas en piedras y deseosas de más almas, vigilar el camino; motivo por el que los caminantes depositaban una piedra sobre el túmulo evitando, de esta manera, que les arrebatasen la suya a través de la muerte por enfermedad. El autor justifica así la ofrenda de piedras como sustitutas de almas de personas o animales y cuya intención es evitar los primitivos sacrificios humanos realizados con este fin:

«El alma reclamada por los manes era tan alma en el hombre como en el corderillo o en la piedra. El espíritu era uno donde quiera que estuviese, y el mismo en todas las cosas bajo una forma distinta. Si el muerto lo reclamaba, o para remediar su soledad o para calmar su hambre, ¿a qué darle el espíritu de un hombre, si con sacrificar un animal se le daba un espíritu también, de naturaleza idéntica?».

Tras la cristianización mediante la colocación de una cruz en la cúspide, estos montones se han convertido en monumentos culturales y funerarios. Podemos encontrar multitud de ejemplos que aún hoy día siguen siendo punto de oración: Cruz de Ferro de Foncebadón (León), Cruz de Portela de Padarnelo (Zamora), Hinodejo (Soria), etc.

La tradición de depositar piedrecitas en un determinado punto también se extendió a las cruces y cruceros de piedra que encontramos a lo largo de muchos caminos, especialmente a lo largo del Camino de Santiago, donde es posible contemplar acumulaciones de guijarros en el pedestal o sobre las gradas de los mismos y cuya intencionalidad es igual a la descrita hasta el momento. Una tabla perteneciente al retablo Mayor de la Catedral de León, obra del siglo XV, del maestro Nicolás Francés y que representa el traslado del apóstol Santiago, muestra cómo unos peregrinos depositan una piedra al pie de una cruz.

TÚMULOS O MÁMOAS

Los túmulos o mámoas son construcciones megalíticas formadas por grandes montículos de piedras y tierra, de sección circular u ovalada y construidos sobre una sepultura, individual o colectiva (a veces cubren un dolmen o una cista. Para buscar su origen debemos remontarnos a la época del Neolítico, aunque su mayor expansión se produjo durante la Edad del Bronce.

En Europa tenemos dos ejemplos importantes: Silbury Hill (Avebury, Inglaterra) y Newgrange (Irlanda). El primero, está considerado el túmulo artificial más grande de Europa, con forma de espiral, simboliza el tránsito del alma después de la muerte y, al mismo tiempo, su movimiento marca la fuerza creadora con evolución e involución. El segundo, se sitúa sobre una cueva precéltica irlandesa, con losas para inhumación y con la planta en forma de cruz celta.

Independientemente de la ubicación de estas grandes montañas artificiales, la creencia común que las une es la de ser morada de los espíritus de los ancestros del pueblo al que pertenecen, idea similar a los amilladoiros anteriormente estudiados.

Muchos de estos lugares fueron cristianizados mediante la edificación de ermitas sobre los mismos o, simplemente, con la colocación de una cruz en su cúspide. De este modo, la iglesia de Valmuza (Salamanca) está edificada sobre un túmulo y la iglesia de Santa Cruz, en Cangas de Onís (Asturias), también está construida sobre un conjunto similar.

MENHIRES

Un menhir es una piedra hincada en el suelo a la que se le han atribuido diferentes significados: funerario, sexual, telúrico, solar, de poder, etc. Su sentido funerario reside en la creencia de esta piedra como morada de los espíritus, de las almas de los muertos; el sentido fecundador viene dado por la forma fálica que tienen estas piedras; respecto al significado telúrico, son muchas los estudios que relacionan la situación de estos elementos con puntos donde existen ciertas energías, las cuales ejercen sobre el hombre una acción espiritual; el nexo con las divinidades solares y astronómicas radica en su simbolismo como rayo solar; y por último, el sentido de poder que se le puede dar a esta piedra erguida se manifiesta por su verticalidad, estaticidad e inmovilidad, características que la convierten en eje de unión entre el cielo y la tierra. Algunas de estas piedras, al ser consideradas morada de los espíritus de los difuntos, tienen forma antropomorfa o poseen sobre la superficie dibujos grabados de figuras humanas.

A lo largo del artículo hemos tenido ocasión de comprobar cómo las sucesivas religiones han ido adaptando a sus creencias los elementos de culto anterior. A este respecto, queremos mencionar el caso del menhir de Kervadel (Fisterre, Francia), también conocido como La piedra de los cuatro dioses, que le fueron tallados alrededor para su romanización y entre los que podemos identificar a Mercurio, Hércules, Marte y Galius .

Esta actitud y proceso de reconversión de los elementos pertenecientes a cultos anteriores se ha dado, de forma generalizada, en todas las religiones. De este modo, la transformación al culto cristiano de los menhires ha tenido lugar como piedra propiamente dicha convertida en cruz, como la cruz de Roncesvalles; con cruces coronando dicho elemento, como el denominado Botón de Balisa (Segovia); con incisiones de este símbolo sobre la superficie, como el menhir de Valdeolea (Cantabria); ocultando antiguas inscripciones, como los petroglifos de Gargamal en Mondáriz (Pontevedra) o por adhesión de un elemento constructivo dedicado al culto cristiano, como en los portugueses de Sao Brisos y Pavía.

También encontramos edificaciones construidas junto a estos elementos líticos, como es el caso de la ermita de Santa Margarita en Olot (Gerona), levantada junto a un menhir en el fondo del cráter de un volcán, lo que nos hace pensar en antiguos ritos relacionados con la Madre Tierra.

Anuncios
Categorías: Cultos | Etiquetas: , ,

Navegador de artículos

Los comentarios están cerrados.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: